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El ejemplo británico

La filosofía del imperio británico está bien resumida en los pensamientos de Robinson Crusoe. Por eso la colonización inglesa no se mide, como la española, por las iglesias, hospitales y universidades que construyó, sino por los mercados que adquiría.

Teniendo en cuenta que el tesoro que fundó el Banco de Londres pertenecía a un pirata, y que los reyes británicos son cabezas de su iglesia sólo por la herencia rijosa de Enrique VIII, uno no debiera esperar mucha virtud de Inglaterra, nación que es digna de una leyenda negra tan tenebrosa como la española, donde no habría necesidad de mentir tanto: los campos de concentración, por ejemplo, son una idea suya, a la que dieron forma durante la guerra contra los boers; sólo con lo que hicieron en la India -o en sus colonias africanas- se podría escribir un tratado del deshumanismo y, más recientemente, borraron del mapa ciudades como Hamburgo y Dresde, cuando ya Alemania estaba exhausta.

La filosofía del imperio británico está bien resumida en los pensamientos de Robinson Crusoe. El náufrago se plantea una duda moral cuando descubre que su isla es visitada por los antropófagos. En un primer momento decide intervenir y salvar a los desdichados que van a ser desayuno de sus semejantes. Después lo piensa mejor, y concluye que ese comportamiento intervencionista es propio de españoles, y que él no tiene autoridad para imponer su moral a los salvajes. Por eso la colonización inglesa no se mide, como la española, por las iglesias, hospitales y universidades que construyó, sino solamente por los mercados que adquiría y las materias primas que de ellos sacaba. En realidad, Inglaterra es un país de tenderos osados. Sobre la crueldad que utilizaba para hacer valer su comercio vuelve a ilustrarnos Robinson cuando, más adelante, se harta de permanecer en la isla y decide actuar contra los caníbales, convencido de que las víctimas que rescate le ayudarán en sus planes. A esa astuta determinación le sigue una matanza brutal donde Robinson conoce al famoso Viernes. Sorprende que entonces el inglés no se plantee grandes dudas morales ni se compare con los españoles. O sea que por imponer un orden moral superior no, pero si favorece mis intereses personales, entonces es lícito abrasar hasta la última rata de Dresde.

Claro que, además de robinsones, Inglaterra también tiene a Dickens, Waugh, Chesterton, Moro, Wilde, a los tres lanceros bengalíes, a la delgada línea roja y a esa aristocracia que todavía se lo cree y por eso todavía se lo merece. Supongo que esa es la causa por la que se puede sentir a la vez desprecio por la perfidia de Albión y un entusiasmo irrefrenable por el príncipe de Gales. 

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