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El discreto encanto de la imperfección

Foto: SUSANA VERA | Reuters

Que la realidad es imperfecta es una lección que, a estas alturas de nuestra historia, ya deberíamos haber aprendido. Valentí Puig nos lo lleva recordando desde hace demasiado tiempo. De una vez por todas, tendremos que aceptar que vivimos en un mundo que será siempre dinámicamente imperfecto. Los atentados terroristas del yihadismo, la aparición de una nueva guerra fría, la victoria del Brexit, la agitada presidencia Trump y otras noticias tantas con las que seguiremos desayunando lo testimonian con tenacidad. Sin embargo, cuando miramos a la esfera pública, a izquierda y a derecha, nos encontramos con una legión de individuos que pretenden construir un mundo perfecto, a su imagen y semejanza, desde la santificación de la propia postura y la negación de las opciones ajenas. Hay soluciones para todos los gustos porque la palanca utilizada puede ser la clase, la nación, la religión, el género, la raza y, a veces, una mezcolanza más o menos lograda de varios de estas sinécdoques identitarias.

La prudencia y realismo no gozan de la mejor prensa en un escenario sociopolítico marcado por conflictos normativos enquistados y pujantes guerras culturales. Con semejante contexto, imperfección e incertidumbre se entrelazan y agitan el miedo persistentemente. Los populistas saben jugar en este campo enfangado. No son pocos los ciudadanos desconcertados y airados que se dejan engatusar por estos planteamientos: ¿acaso van a ser capaces de sacarnos de esta crisis a nivel internacional quienes nos metieron en ella? De hecho, los populistas se mueven como pez en el agua apuntalando una alternativa radical que nace de la sospecha y de un idealismo que estimula a mirar hacia quiméricas tierras prometidas. Y es que el populismo tiene una peligrosa y atractiva extensión utópica que no se suele destacar en los análisis que nos invaden por doquier. Este utopismo populista se asienta, sobre todo, en un arrogante deseo de perfección, alimentado, a su vez, por nuestra irreprimible superioridad moral. Sin embargo, la realidad es difícilmente controlable. Y, lo más preocupante, estas derivas utópicas parecen ser un reflejo de las ensombrecidas distopías que atravesaron el siglo pasado.

Aunque no reconozca la imperfección humana, el populismo sabe aprovecharse de la misma. El reto aún es mayor porque nuestros gobiernos e instituciones tampoco quieren reconocer esta dimensión imperfecta para no mostrarse frágiles o dilapidar sus apoyos electorales. Si los políticos se habituaran a decir la verdad, la mayoría de sus propios votantes la rechazarían. Por esa razón, se acogen a la firme promesa de lo imposible, lo que les acerca peligrosamente a los postulados que dicen combatir. En el fondo, es más sencillo ofrecer fórmulas idealistas como “otro mundo es posible” que la menos atractiva “un mundo posible es mejor”. La fantasía y la retórica siempre han sido más codiciadas que la defensa institucional de la democracia liberal. Aún sabiendo que este sistema no es perfecto. Probablemente reconocer este pragmatismo escéptico sea el resguardo más fiable que tenemos a nuestro alcance, aunque el camino nunca será fácil. Otra cuestión es saber cuándo descubriremos cómo responder a los desafíos del presente. Como ha recalcado en más de una ocasión José María Lassalle, la libertad y la razón han sido las boyas que nos han salvado y que nos permitirán desactivar los peligros de una época marcada por el cansancio global.

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