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El director de TV3 pide el voto para Puigdemont

Foto: RAFAEL MARCHANTE | Reuters

Uno de los espectáculos más asombrosos al que hemos asistido en esta campaña electoral ha tenido como insólito protagonista al director de la televisión pública catalana. Y digo insólito porque en cualquier entrevista, y más aún en un medio sufragado por el contribuyente, el protagonismo debería recaer única y exclusivamente en el entrevistado. Sin embargo, nos encontramos ante un espécimen singular dentro de los ya de por si singulares personajes que pueblan el ecosistema audiovisual patrio. Estamos ante el arquetipo pícaro del secundario roba escenas. A Vicent Sanchis no le vale con que su esforzada carrera de comisario político (a la vera del chorizo confeso Prenafeta) y de aguerrido defensor del argumentario convergente en foros catódicos y tertulias variopintas haya sido recompensada con la dirección de TV3; él necesita el foco y la alcachofa, el interrogatorio y la propaganda.

De ahí que sus supuestas entrevistas con los principales candidatos a presidir la Generalitat de Catalunya se han desarrollado en una sorpresiva dinámica de debate electoral. Sanchis aplica la lógica marrullera de la tertulia a un género noble del periodismo como es el de la entrevista. Menos que como un periodista incisivo e imparcial, el directivo se comporta como un político en campaña (tanto es así que el cuco Iceta tuvo que recordarle que el debate entre candidatos se celebraba otro día), que no busca respuestas a sus preguntas sino que persigue la derrota dialéctica del adversario.

Le cuesta horrores disimular el absoluto desprecio y reprimir la grosería siempre en el paladar cuando se encara con quien se opone al ideario independentista y todos sus lodos. Aun así y a diferencia de la rompehuesos Terribas,  Sanchis es de perfil sibilino y untuoso aunque tenga un rostro de cemento armado, y prefiere el fuego a discreción antes que utilizar la artillería pesada. Sin embargo, tras la sonrisa de dientes y el suave acento levantino, palpita un fanático de dimensiones futbolísticas al borde siempre de perder los papeles. Le pasó con Albiol, con Arrimadas y especialmente con Iceta.

Por lo demás, se ventiló con oficio rutinario al plúmbeo Domènech, le perdonó la existencia al extravagante psicoterapeuta Riera y le propinó un par de viajes a la lastimera Rovira.

En cuanto al encuentro belga con Puigdemont, poco que decir: no entraré en consideraciones morales ya que se trató de un asunto íntimo entre dos adultos consentidores. Solo añadiré que por la naturaleza sicalíptica del contenido tengo serias dudas de que fuera decisión apropiada emitirlo en horario familiar.

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