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El cuerpo

El fin de la vida de Priebke fue el inicio de otra historia, igual de truculenta y compleja

La vida de Eriche Priebke fue todo menos ejemplar. Ex capitán de las SS nazis, fue uno de los responsables de la masacre de las Fosas Adreatinas, donde 335 italianos resultaron asesinados por órdenes del propio Adolph Hitler, como venganza por la muerte de 33 soldados alemanes de las Waffen-SS a manos de la resistencia partisana de Roma.

Luego de la derrota alemana, Priebke consiguió evadir la justicia, tras fugar de un campo de prisioneros en Rímini y huir a la Argentina. Pasó una corta estancia en Buenos Aires, y fijó su residencia en las montañas de San Carlos de Bariloche, donde vivió 50 años como un vecino ejemplar. Aquel idílico retiro terminó por una investigación periodística, que identificó su paradero y estableció sus responsabilidades como criminal de guerra, y produjo su extradición a Italia, acusado de crímenes de guerra. Aunque fue condenado a cadena perpetua, su avanzada edad (tenía 75 años) lo salvó de la cárcel, y purgó prisión domiciliaria hasta su muerte, que llegó pasados los cien años, sin que nunca se arrepintiera de su pasado.

El fin de la vida de Priebke fue el inicio de otra historia, igual de truculenta y compleja. Su cuerpo fue rechazado por los ciudadanos de Albano Laziale —adonde lo condujo su familia—, y las autoridades municipales y religiosas de Roma evitaron que sus exequias devinieran en un homenaje, y convinieron que debía ser enterrado en secreto. Esto ocurrió la semana pasada, en el cementerio de una remota cárcel italiana, donde solo un número y una tosca cruz de madera lo identifican.

Las leyes que nos rigen fueron pensadas para que nuestros delitos y faltas fueras sancionados, y para que, por horribles que fueran nuestros crímenes, la justicia y la venganza nunca se confundieran. Pero a veces, cuando los excesos son tan horrendos como los de Eriche Priebke y toda la calaña de gerifaltes nazis que sembraron el horror en el mundo, justicia y venganza parecen ser lo mismo, y suelen perseguir al monstruo hasta después de muerto.

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