Anna Grau

El Churchill rojo

"Todos los que hoy se alegren de que en España haya sobrevivido una izquierda de raigambre más o menos comunista, una izquierda no sometida al PSOE, están en deuda con Anguita"

Opinión Actualizado:

El Churchill rojo
Foto: Rafa Alcaide
Anna Grau

Anna Grau

Anna Grau es periodista y escritora y ha sido todo eso en Barcelona, NYC y Madrid.

El 16 de mayo de 2020, en pleno apocalipsis del coronavirus, se nos murió Julio Anguita como un pajarito. Como suele suceder fue tan alabado muerto como vituperado vivo. Yo por mi parte tuve que ponerme a hacer los “deberes” a toda velocidad. A releer y a leer. Y según leía y releía se me iba helando más y más el corazón. Simplemente hiela la sangre recordar determinadas reflexiones que Julio Anguita le hacía hace apenas cinco años al historiador Juan Andrade (Atraco a la memoria). Se podrá estar más o menos de acuerdo. Pero lo que asusta es ver en qué contexto se pensaba y se decía aquello.

La virulenta oposición de Anguita al Tratado de Maastricht, sin ir más lejos. Hasta el más eurobaboso tendrá que admitir a estas alturas que muchas de las pretendidas bondades absolutas de la Unión eran, en el mejor de los casos, un cuento chino. Que la zona euro se cerró en falso y con una chispeante ingeniería contable que confundía el déficit con los molinos y que prestigiditaba y escamoteaba una factura social fabulosa que ahora sale.

Se podrá objetar, con razón, que no teníamos otra. Que la España postfranquista no tenía otra que entrar en la UE y en la OTAN y en todo aquello que se entró, y que aún gracias que no nos pusieran más pegas en la puerta. Ídem para la Transición. Que no había más remedio que hacerla como se hizo. Pero que una vez hecha se endulzó hasta la náusea, también.

Es un lugar común que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla. Puede ser, pero yo creo que es más bien lo contrario. Son los pueblos demasiado memoriosos de sí mismos los que nunca cambian de tercio ni salen del bucle. Aunque sólo sea porque no hay pueblo que se precie que no recuerde su propia historia sustantivamente embellecida, y claro, luego hay que estar a la altura no de lo que se ha sido, sino de lo que se pretende que se fue… Y ahí suele venir el gran reto, y el gran lío.

Es verdad que unos se hacen trampas al solitario con más acierto que otros. Ejemplo, Winston Churchill. Vaya por delante mi rendida admiración por el personaje. ¿Quién no se ha emocionado con sus discursos en el Parlamento británico, o viendo los cientos de miles de barquitos civiles yendo al rescate de los soldados atrapados en la playa de Dunquerque? Churchill no ganó la Segunda Guerra Mundial, pero sin duda evitó que se perdiera. Aguantó el tipo hasta que rusos y americanos estuvieron en posición –y de humor… – para dar el carpetazo definitivo.

Gracias a eso, Churchill ha quedado como un visionario, como un paladín de la democracia. Cosas todas ellas que seguramente fue. Pero dudo mucho que esa fuese la razón de correr semejante enorme riesgo, de enfrentarse a lo que se enfrentó, desafiando las leyes de la mismísima Corona inglesa. De esa Casa Windsor que, por si no se había notado, compartía hondos vínculos con príncipes alemanes que a su vez no habían dudado en abrazar el hechizo nazi. No estamos hablando sólo de una aislada veleidad del abdicado marido de Wallis Simpson. Isabel II y sus ancestros tuvieron que hacer malabarismos con el mismísimo nombre de la dinastía para desdibujar un componente germánico en el que seguramente confiaba Hitler para que los “primos” del otro lado del Canal entraran en “razón”. Y le dejaran manos libres en el resto de Europa.

Es probable que Churchill, al cuadrarse frente a la esvástica, lo hiciera pensando menos en la deriva de la democracia mundial y los derechos humanos que en la del Imperio Británico. Su verdadera visión, lo que él vio con mayor penetración e intensidad que nadie, fue que si cedía ante Hitler, Inglaterra pasaría en un amén de imperio a eximperio, de primera potencia a actor internacional de segunda división. Con todo lo que eso comportaba y comporta.

En realidad el desplazamiento de los centros de poder era una inercia tan imparable como la de la gravedad. Churchill sabía esto. Que irremediablemente de la Segunda Guerra Mundial emergería otro mapamundi. Pero en política ganar tiempo es ganar casi todo. Y el arrojo churchilliano le “compró” al Reino Unido todavía algunas décadas de significancia. Que pudieron haber sido incluso más si el sucesor de Churchill, Anthony Eden, no hubiese metido la pata como la metió en la crisis del Canal de Suez…

¿Qué tiene que ver todo esto con Julio Anguita? Bien, todos los que hoy se alegren de que en España haya sobrevivido una izquierda de raigambre más o menos comunista, una izquierda no sometida al PSOE, están en deuda con Anguita. Con el Churchill rojo que aguantó carros y carretas, primero en el PCE, después en Izquierda Unida y al fin de todo ya ni se sabe. Pero que nunca, nunca, nunca, tragó con el mantra de la Transición que las cosas sólo se podían hacer como las hizo Felipe González, y a las órdenes de Felipe González, y que todo lo demás era el descenso en masa a los infiernos.

Ahora que volvemos a andar todos a escupitajo limpio a favor o en contra de los pactos del 78, la Constitución, la Monarquía, etc, etc, estaría bien adquirir el sosiego y la templanza para ver las cosas como realmente fueron y son. Es posible que la Transición no se pudiese hacer de otra manera. ¿Significa eso que salió perfecta? Ni de lejos. Atribuirle a la Carta Magna una especie de inviolabilidad, y a sus padres una papal infalibilidad, no sólo es intelectualmente deprimente y humanamente desolador sino que políticamente tiene mucho peligro. Da alas a los partidarios de hacer lo mismo por el otro lado: entrar a degüello sin matices y sin más dudas que, ¿dónde plantamos la guillotina, cariño?

Muchas de las pegas que Anguita puso en su día al abrazo del oso socialista y europeo se ha visto con el tiempo que estaban más cargadas que descargadas de la razón. Otra cosa, insisto, es que no hubiera más remedio. Que otra política posible no cupiera, o, de caber, la gente no estuviera dispuesta a votarla. Es un Anguita estremecedoramente lúcido el que se da cuenta de que la mayoría de la gente, igual que en los 60 prefirió el desarrollismo a la lucha antifranquista, en los 80 y 90 prefirió el espejismo del lujo a la justicia social.

Visto lo visto, hasta el coronavirus le ha dado la razón, o parte de ella, al intransigente visionario que advertía de cómo el euro nos iba a machacar si no se apalabraba bien. Incluso ahora, ahora mismo, las terribles profecías de Anguita se cumplen de una manera que da pavor: la socialdemocracia hace aguas, con cada vez más gasto público y menos capacidad social, lo cual se acerca a convertir los impuestos que pagamos en una apropiación indebida, casi casi estafa piramidal… Pero resulta que en el otro plato de la balanza, en el de los contribuyentes, votantes y ciudadanos, llevamos tanto tiempo viviendo por encima de nuestras posibilidades, o por lo menos de las del conjunto, como los rapaces que nos gobiernan. Aquí o aprovechamos el susto del virus para hacer un solemne voto de austeridad o habrá que acabar haciendo voto de pobreza. Sostenibilidad o muerte.

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