Aurora Nacarino-Brabo

El CETA y los enemigos del comercio

Todas las grandes civilizaciones tuvieron su dios del comercio. Osiris enseñó a los egipcios a comprar y vender, mientras Tot protegía su navegación. Melkart hacía este trabajo para los fenicios, hijos del trueque y del cabotaje. En el caso de los griegos, era Hermes, el dios pillo, quien protegía el comercio; Mercurio para los romanos.

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El CETA y los enemigos del comercio
Foto: J.J.Guillen
Aurora Nacarino-Brabo

Aurora Nacarino-Brabo

Politóloga y periodista, aunque, en realidad, sólo sé de fútbol

Todas las grandes civilizaciones tuvieron su dios del comercio. Osiris enseñó a los egipcios a comprar y vender, mientras Tot protegía su navegación. Melkart hacía este trabajo para los fenicios, hijos del trueque y del cabotaje. En el caso de los griegos, era Hermes, el dios pillo, quien protegía el comercio; Mercurio para los romanos.

El comercio era una actividad fundamental y una fuente de desarrollo que era imprescindible proteger. El nacimiento de los estados está ligado al intercambio y la transacción de los productos obtenidos por medio de la agricultura y la ganadería. Más tarde, la navegación permitió ampliar el horizonte de progreso: aquella superación de las fronteras no solo fue una batalla librada y ganada por los remeros a la naturaleza; significó también una temprana globalización.

Así, aquel mercadeo que proveía bienestar económico propició asimismo un acercamiento hacia el otro. Por supuesto, siempre ha habido quienes han tratado de poner freno a la expansión del intercambio. En Egipto, los faraones impusieron severas restricciones al comercio con extranjeros, que fueron suavizándose poco a poco, hasta que, tras la conquista persa, Cambises II permitió la libre navegación por el Nilo.

En la historia contemporánea también encontramos numerosos ejemplos de opositores al librecambio. El comunismo, al que Antonio Escohotado ha dedicado un vasto y fastuoso trabajo, y sus herederos, algunos de los cuales ocupan escaños parlamentarios hoy, son buenos exponentes de ello. También los fascismos abrazaron el proteccionismo y el repliegue cerriles que hoy rebrotan en Europa. Ayer mismo cayó en mis manos
un viejo No-Do en el que José Luis de Arrese, ministro falangista de Franco, lanzaba una homilía contra un capitalismo al que tildaba de “tremendo error materialista”. Podría haberlo pronunciado Alberto Garzón.

A pesar de los hostiles, el comercio siempre ha conseguido abrirse camino. Y otra vez nos encontramos ante la oportunidad de elegir entre las sociedades abiertas y el proteccionismo, entre el progreso y el inmovilismo, entre la libertad y el nacionalismo. Hoy, el Pleno del Congreso de los Diputados votará sobre el tratado comercial suscrito entre la Unión Europea y Canadá. Los enemigos del comercio, desde la derecha nacionalista y la izquierda reaccionaria, llevan muchos meses tratando de sabotearlo. No temen a Le Pen y no reniegan de Marx, pero irán a la guerra contra la Canadá igualitarista, la que acoge refugiados, la que enarbola la diversidad, la que presume de cuidar el medio ambiente, la que lleva a gala la no violencia. Aquella en la que gobierna Trudeau, que cometió el delito imperdonable de llamarse liberal.

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