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Ejercicio de pedagogía

Foto: Juan Alcor | Flickr bajo Licencia Creative Commons

No es un mal ejercicio pedagógico en este asueto sofocante recuperar la serie-documental La Transición de la periodista Victoria Prego. Sus trece capítulos recorren los galvánicos años que sepultaron el franquismo (ese que ahora la indómita y frívola neoprogresía pretende exhumar) y consolidaron un régimen democrático en España. Concretamente la serie, que se puede ver en la web de RTVE, disecciona el periodo que va desde el asesinato de Carrero Blanco por el terrorismo etarra hasta las primeras elecciones democráticas de 1977. Hablamos, pues, de cuatro años intensísimos y difíciles en los que se pasó de una dictadura paternalista y autárquica a un sistema cuya soberanía reside en su ciudadanía. No está nada mal teniendo en cuenta sobre todo el mortífero y amenazante ruido de bombas, pistolas y sables a diestra y siniestra.

La serie resulta interesante por múltiples motivos, no siendo el menor el cuadro costumbrista de una sociedad en pleno cambio y evolución pero al mismo tiempo expectante. En cualquier caso sorprende todavía hoy cómo unos pocos consiguieron una transformación tan notable en un periodo de tiempo exiguo. A ello no sólo contribuyeron los artífices en primera línea de la transición (Juan Carlos I junto a los reformistas del anterior régimen), sino también la oposición democrática a partir de arduas negociaciones, malabarismos legales, pactos arriesgados y reuniones clandestinas, tensas y nicotinosas.

Así pues, el objetivo último, gracias a un cúmulo de concesiones, consensos y mucho palique paciente, se consiguió: la superación del marco mental de las dos plastas Españas heladoras de corazones y la instauración de una democracia presentable internacionalmente. Y todo ello a través de una escueta ley pergeñada por Torcuato Fernández Miranda.

El visionado de la serie, sin embargo, tiene un no sé qué tristísimo, fruto tal vez de la evidente involución que han sufrido el ejercicio de la política y sus hacedores. Además de la menguada talla intelectual, está el hecho desolador de la creciente ausencia de responsabilidad, la carencia de respeto institucional y la falta de razón de Estado. Podría acabar con varios ejemplos dolorosos pero me ciño al terruño inmediato señalando la evidente decadencia que supone pasar de la consolidación del autogobierno catalán a un parlamento chapado por vacaciones (pagadas) y con un presidente de la Generalitat convertido en comercial ambulante de ratafía.

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