Juan Claudio de Ramón

Dos en la cuarentena

"La reclusión tiene efectos en los afectos, pero en más de un sentido; si la pandemia dura lo suficiente, habrá que cambiar los votos: en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la cuarentena"

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Dos en la cuarentena
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Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Parece que el coronavirus no posee solo una macabra eficacia para dejar sin vida cuerpos de seres queridos: también para separarlos. Así podría desprenderse de la avalancha de divorcios en China al levantarse las medidas de confinamiento: «Como consecuencia de la epidemia, muchas parejas han estado confinadas en casa durante más de un mes, lo que ha hecho aflorar conflictos internos», explican en los alborotados registros civiles. Lo cierto es que, aunque menos publicitado, tras la cuarentena también se ha registrado un repunte de matrimonios. Hemos de concluir que la reclusión tiene efectos en los afectos, pero en más de un sentido; si la pandemia dura lo suficiente, habrá que cambiar los votos: en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la cuarentena.

Así, no faltan casos de quien contraviene la clausura por no soportar a su pareja; no, al menos, sin las válvulas de escape de la oficina, el bar, la cena con amigas o el gimnasio. Pero son muchas las declinaciones de la convivencia. ¿No podemos aventurar que, en la empalizada del hogar, también haya parejas que se reencuentren? ¡Mi marido no está tan mal! Epifanías así han podido ocurrir, antes de fulminar al amante con un mensaje desde el baño o en un último encuentro furtivo en el supermercado. Al contrario, cabe imaginar fogosas parejas que iniciaban su andadura y a las que el arresto domiciliario instala en una prematura acedia conyugal. Seguramente, la situación más codiciadera estos días sea la de la pareja joven y sin hijos: para ellos, la cuarentena es un oasis de ocio cultural y erótico. Al menos, esa es la idílica imagen que, no sin resentimiento, nos hacemos las parejas con hijos, que, en penosísimo contraste, tenemos la sensación de dirigir una caótica guardería sin licencia. Si los dos miembros de la pareja trabajaban, pasar más tiempo en casa tiene el aliciente de la novedad: cocinar juntos. Si lo hacía sólo uno, el que no lo hacía ahora entiende que las tareas domésticas no son una broma. Conmovedor es el caso de la pareja anciana que, habiéndose confortado toda una vida, ha concordado una muerte también unísona. La situación peor es la de la pareja que ya no era tal, la que estaba en trance de una separación hoy detenida y se ve forzada a un último esfuerzo de cohabitación, tras el parapeto de habitaciones separadas; como estar obligados a llevar cuarentena dentro de otra cuarentena: la tristeza al cuadrado. Y peor aún si la contigüidad cursa con miedo.  

Fue el poeta Rainer Maria Rilke quien formuló el estadio ideal de la vida en pareja: la de dos soledades recíprocamente protegidas. Amar es erigirse en guardián de la soledad de otro. Estar solo sabiendo que no se está solo; acompañarse sin quitarse soledad: más no cabe pedir al amor, y tampoco a la amistad. Rilke también dijo que era el aprendizaje más difícil de cualquier vida humana. Más difícil aún, se nos antoja, en cuarentena: las posibilidades de discusión, de roce, se multiplican; pasan los días y es fácil que el mal día de uno coincida con el mal día del otro. Pero también las risas, las caricias, las ocasiones de charlar largamente o de decir simplemente: gracias por estar a mi lado.

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