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Dictadores potenciales y tiranos consumados

Foto: PILAR OLIVARES | Reuters

Bolsonaro ha arrasado en Brasil, y ya solo queda esperar que contenga sus peores impulsos y la comodidad del poder le vuelva magnánimo. Tenemos el consuelo de que la alternativa (gobernada como España desde una cárcel) tampoco era garantía de nada. Y siempre podemos recordar que no sería la primera vez que un pésimo candidato es un buen presidente. (Pienso en el peruano Ollanta Humala, exmilitar y aspirante filochavista que decepcionó a sus entusiastas del Foro de Sao Paulo al continuar las políticas de liberalismo sensato que han permitido al país crecer sin interrupción desde que comenzara el milenio).

Como ocurre siempre que un proyecto político amenaza a la convivencia por la derecha, la candidatura de Bolsonaro ha provocado una gran movilización en su contra de intelectuales, artistas y movimientos sociales. Entre quienes alzaban la voz de alarma ante la posible presidencia de este candidato homófobo, misógino, militarista y racista estaban viejos amigos de dictadores de izquierda como Noam Chomsky, Adolfo Pérez Esquivel, Manuel Castells o nuestro Joan Manuel Serrat, que no tuvo problema en su día en seguir cantando en La Habana mientras los esbirros de Castro apaleaban a sus seguidores en pleno concierto pero no puede quedarse callado ante la llegada a la presidencia de Brasil de alguien tan desagradable como Bolsonaro.

A quienes nos toca de cerca Venezuela (donde fui 7 meses corresponsal en 2017) no podemos evitar preguntarnos qué habría pasado si la candidatura de Chávez en 1998 hubiera encontrado en la intelectualidad de Europa y América la misma reacción que la que ha tenido ahora Bolsanaro. Quizá nada distinto a lo que pasó, y aquel Chávez dopado con los esteroides del petróleo habría noqueado sin problemas a sus adversarios confusos y cansados de la decadente democracia venezolana, que aún en toda su decadencia era democracia. Pero cierta hostilidad, o desconfianza, al menos, de intelectuales influyentes como los que ahora denuncian a Bolsonaro podría haber puesto en alerta a una comunidad internacional que se entregó sin reservas a los petrodólares de la Caracas cubanizada y solo quiso enterarse del desastre que venía cuando ya era demasiado tarde.

Por poner algunos ejemplos de la incoherencia que una vez más muestran quienes son referentes morales para millones de personas, el Nobel Esquivel aún defiende a Maduro y celebraba aún en 2015 el “despertar a la vida y la esperanza” que supuso el ascenso al poder del caudillo bolivariano (un sentimiento, por cierto, compartido en su momento por Bolsonaro). Cuando Chávez tomó posesión en 1999, otro de los que se asustan hoy por Bolsonaro, el sociólogo Castells, alertaba en un artículo en El País no del peligro que para la democracia venezolana suponía ponerse en manos del enésimo militarote providencial con vínculos con Fidel Castro y las guerrillas narcoterroristas en Colombia, sino ¡de la “operación desestabilizadora” que podía desatarse contra Chávez con sus amistades peligrosas como excusa! Tampoco se resistió al influjo del macho latino con boina roja nuestro Serrat, que defendía en 2009 la legitimidad democrática del régimen chavista, ya entonces en un estado bien avanzado de totalitarización. Los romances latinoamericanos de Chomsky son bien conocidos y no hace falta gastar espacio.

También ha mostrado remilgos con la victoria de Bolsonaro el presidente Pedro Sánchez, cuyo estómago de demócrata no le ha permitido felicitar al nuevo presidente de Brasil -ha resuelto el trámite con este tuit mitad obvio, mitad neocolonialista-  pero digerirá sin problemas su visita a la dictadura más larga del hemisferio occidental, que ha fusilado a miles de cubanos, sigue encarcelando a disidentes y persiguió activamente a homosexuales, haciendo realidad lo que Bolsonaro, al menos de momento, solamente insinúa.
Sería ingenuo sorprenderse por la doble vara de medir de la izquierda escandalizada con Bolsonaro de la que hablo en este artículo, pero sigue chocando tanta hipocresía. Ese celo justiciero con el dictador en potencia (si es de derechas) y la complacencia, cuando no el entusiasmo, con el tirano consumado (¡consumadísimo!) de izquierdas.

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