Miguel Angel Serrano

Desfile de milongas

Leo con sana envidia que la Gran Milonga Nacional se celebra en Buenos Aires y congrega a muchos rioplatenses al baile y la diversión.

Opinión

Desfile de milongas

Leo con sana envidia que la Gran Milonga Nacional se celebra en Buenos Aires y congrega a muchos rioplatenses al baile y la diversión.

Leo con sana envidia que la Gran Milonga Nacional se celebra en Buenos Aires y congrega a muchos rioplatenses al baile y la diversión. La milonga, más canalla que el triste tango, es a veces vehículo para la chanza, así que es lógico que me fije en ella. Ahora bien, lo que me fascina es que dura lo que dura, mientras en España asistimos (yo, hipnotizado, lo confieso) a un interminable desfile de milongas, seguidillas, contradanzas, distracciones, escaqueos, fintas y, siendo amable, trolas del quince.

El baile aquí dura lo que dura un día tras otro, y, siendo uno ya madurito, termina cansando. Como es lógico, en el agarrao se producen pisotones, que llegan incluso, de manera mágica, a la bancada de enfrente del Congreso, pero el mismo agarre sirve para que ninguno se caiga: ¿ven ustedes lo útil y ameno del asunto? Los especiales de fin de semana de the objective suelen fascinarme.

Ese desfile de modelos en caída libre, además de proporcionar una metáfora auto-explicada sobre la belleza finalmente en decadencia de las muchachas y bla bla bla, provoca un curioso contraste con la siguiente galería, la de los animales más feos del mundo: que serán feos, pero ahí están, manteniendo la vertical. Digo yo que el mono narigudo estaría dispuesto a agarrar y salvar a una de las desventuradas modelos, y, si se tercia, echar un baile. Es como aquello de los “gobiernos bicicleta”, que si se paran se caen. Y se da en pensar en qué pasaría si determinados prebostes empezaran a pagar por sus “deslices”, como modelos en desgracia. O a desfilar hacia el penal, sin ir más lejos. Yo, desde luego, me echaría a bailar, aunque, como en la milongas de Borges, tuviera el lector, en este caso el bailarín, que poner la música. Imaginación y deseo, como al mono, no han de faltarme.

 

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