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Derecho al pataleo

Los mandamases de Naciones Unidas tienen la extraña habilidad de mirar hacia otro lado, que casi nunca coincide con el que necesita de ayuda, donde las muertes se multiplican a diario.

Uno, en su inocencia, pensaba de pequeño que ese ente que conocemos como Naciones Unidas, era una especie de árbitro mundial entre países, cuya misión era la de poner orden en este perro mundo, tratar de solucionar los problemas de las naciones menos favorecidas por la fortuna, y en casos de litigio, hacer de Salomón para poner fin de los conflictos evitando muerte y desgracias.

Más tarde descubriría que de todo eso tan lógico, nada de nada. El mecanismo por el que se rigen las Naciones Unidas es todo menos democrático; tiene en la mayoría de los casos, las manos atadas, y donde debería reinar, sobre todo, el sentido común, la justicia, y hasta la caridad, es un nido de víboras, lleno de intereses de todo tipo, que no permite llevar a cabo las actuaciones que a los sencillos ciudadanos de a pie nos gustaría.

Los mandamases de Naciones Unidas tienen la extraña habilidad de mirar hacia otro lado, que casi nunca coincide con el que necesita de ayuda, donde las muertes se multiplican a diario. Hay conflictos que se eternizan sin que ponga remedio. Hay situaciones incomprensibles que producen miles y millones de muertos, sin que a nadie del poderoso organismo le quite el sueño.

Naciones Unidas debiera ser la gran policía/ejército que pusiera orden donde no lo hay, que protegiera al desfavorecido, que se cuidara, en nombre de la comunidad internacional, de mantener unas reglas del juego basadas en la justicia, en la caridad, en la solidaridad, y no una figura política con un prontuario de actuaciones no demasiado claro y desde luego, muy poco efectivo a juzgar por los resultados obtenidos.

Hambre, guerras, pandemias…y Naciones Unidas, desde su cómoda atalaya neoyorkina, dejando los días pasar mientras las cifras de muertos y heridos por una u otra causa, aumenta escandalosamente.

Y nosotros, los sufridores de siempre, sin más derecho que al pataleo, que como todo el mundo sabe, no sirve para nada.

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