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¿Demasiado tolerantes?

Los atentados contra Charlie Hebdo convirtieron el Tratado sobre la tolerancia de Voltaire en un superventas en Francia. Quién sabe por qué. Quizás los parisinos necesitaban un recordatorio de las virtudes de la tolerancia, por la comprensible tentación de renunciar a ella. O quizás porque necesitaban un manual de tolerancia, por el incomprensible sentimiento de culpa de no haberla practicado lo suficiente. También, ahora, tras los últimos atentados en Londres, la Primera Ministra Theresa May ha creído necesario hablar de tolerancia. Aunque fuese, en su caso, para denunciar que ha habido demasiada tolerancia con los extremistas.

Es comprensible que May lo diga y es comprensible que nosotros la creamos, porque así es como hablamos de la tolerancia y porque todos hemos visto alguno de esos vídeos en los que un grupillo de islamistas patrulla las calles de Londres advirtiendo a las mujeres de que por allí no se pasea vestida como a una le de la gana o advirtiendo a un grupo de jóvenes que en ese barrio la cerveza está prohibida por ser una bebida impura. Vemos, así, como el imperativo de tolerancia religiosa que creemos fundamental ha ido haciendo más y más difícil el goce y disfrute de las libertades más básicas y la defensa de los derechos más fundamentales.

Vemos así convertido en “paradoja de la tolerancia” lo que es simple sentido común; que la función de la ley en una sociedad libre es defender la libertad de los individuos frente a aquellos que los atacan o amenazan. Y es que, en realidad, solo hay paradoja de la tolerancia donde se da la extraña convicción de que la tolerancia debería ser ilimitada; de que tenemos el deber de tolerar cualquier barbaridad que se haga en nombre de una religión porque tenemos el deber de tolerar cualquier religión.

Pero ese es el discurso de los extremistas y es estúpido creer que estamos obligados a comprarlo y aceptar que lo que ellos hacen es siempre imperativo religioso y que cualquier crítica es por tanto islamofobia. La primera batalla es siempre la del lenguaje y por eso tenemos que responder a sus ataques y acusaciones en nuestros propios términos.

Nos exigen tolerancia, pero la tolerancia necesita de alguien que tolere y alguien que sea tolerado y eso es, simple y llanamente, incompatible con la igualdad democrática de los ciudadanos libres. Por eso, quienes exigen tolerancia son aquellos que quieren ser tratados según lo que son y no según lo que hacen. Son aquellos que creen que las nuestras son sociedades multiculturales y no simplemente plurales. O sea, que no son sociedades sino yuxtaposición de tribus.

Por eso, cuando nos exijan tolerancia con los musulmanes, hay que recordar que ni nosotros somos nadie para tolerar a los musulmanes ni ellos son nadie para ser tolerados. Porque aquí la cuestión no es de tolerancia, sino de seguridad ciudadana. La tolerancia nada tiene que ver con el asesinato y nada tiene que resolver en el trato los fanáticos que predican el odio en las mezquitas, en los colegios o en las redes sociales. A ellos no hay que tolerarlos, sino tratarlos como ciudadanos adultos y responsables y no como miembros anónimos de un grupo incapaces de culpa o elección. Y, por lo tanto, como ciudadanos que pueden ser criticados, detenidos, juzgados y condenados.

Y en eso estamos. Y lo estamos haciendo bien.

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