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De Versalles a las rotondas  

Decía Orwell que ciertas artes, como la arquitectura, podrían considerar beneficiosa la tiranía.

Quien quiera leerse Guerra y Paz deberá reservar un verano interminable, y quien quiera aventurarse por el camino de Proust hará bien en prever una convalecencia. Leer es placer humilde y laborioso: si queremos volver a ver Las Lanzas, ahí está el Museo del Prado, pero si queremos volver a leer Ana Karenina, tal vez nunca podamos leer Resurrección. Quizá por eso los reyes de este mundo, con frecuencia laboriosos pero rara vez humildes, han preferido siempre actividades de mayor espectáculo que la lectura silenciosa. Ese prestigio que, pese a todo, aún aporta la legitimación cultural, puede conseguirse con mayor burbujeo cuando uno inauguramos auditorios, o cuando uno compra arte contemporáneo –por ejemplo- como quien compra bolsos de Prada. Que eso lo pague el banco privado o el presupuesto público importa poco.

Como imposición de dominio o gestualidad del poder, la política –es decir, los políticos- siempre ha privilegiado el dramatismo inherente a la arquitectura, de las alegorías de Versalles al munícipe que se gasta en un frontón de dimensiones homéricas el dinero del plan E. Hay ahí no poco –claro- de la proyección de un Narciso, sumado al afán por la perpetuación del propio nombre, siquiera sea en la incierta gloria de una circunvalación. No es una voluntad sólo propia de Hitler o de Stalin: ahí tenemos a Mitterrand sumido en sus ensoñaciones de “architecte en chef”, a cada alcalde con su Calatrava, a Apple o Zara en el local de más brillo de cada capital.

Por supuesto, sería más cortés que los políticos quisieran dar continuidad a su legado bajo la forma de unas memorias: al fin y al cabo, la literatura es evitable, y la arquitectura no lo es. Incluso podemos lamentar –como hacía Morand- los inmensos derribos que, bajo Napoleón III, nos cambiaron el viejo París por el París de Haussmann. Y, con Orwell, es quizá fácil comprender que la poesía pueda sobrevivir en una era totalitaria, que el prosista –bajo una dictadura- tenga que elegir “entre el silencio o la muerte”, mientras que “ciertas artes o semiartes, como la arquitectura, podrían considerar beneficiosa la tiranía”. Sin embargo, el tiempo absolvió a las pirámides por su grandeza, al Escorial por su severidad, a Versalles por su pompa. Quizá, del modo más injusto, en esas obras el poder estaba a la altura del poder, como un compromiso, una responsabilidad o una conciencia de la propia dignidad. No es algo que podamos decir de todas las rotondas que nos han infligido en estos años. 

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