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De fracaso en fracaso...

Foto: JUAN MEDINA | Reuters

Que Podemos perdería la moción de censura era tan evidente como que para poder ganar una guerra hay que atreverse a perder alguna batalla (y algunos cuantos miles de hombres). Por eso el éxito de la moción no pasaba por ganar el gobierno sino por seguir asediando a la oposición. No se trataba más que de seguir por la senda de la machacona insistencia en que los de Podemos son la única oposición al gobierno porque son la única oposición al sistema.

Y así, aunque sea imposible ganarse el apoyo de todos para echar al PP, sí es posible ganarlos a todos echándolos hacia el PP. Se trataba de seguir fomentando una visión maniquea de la política en la que vayan quedando los buenos a un lado y los del sistema, corruptos e iguales, al otro.

Y contra esto, la tarea es doble y doblemente urgente: hay que seguir demostrando la pluralidad inherente al sistema y hay que seguir demostrando su superioridad ideológica y moral sobre cualquier alternativa posible.

Por eso me pareció un grave error la ocurrencia de Rivera al decir que lo que más teme de Pablo Iglesias no es su ideología sino su incompetencia. Entre otras cosas, porque cuando se trata de su ideología es imposible distinguir entre el competente y el incompetente. Su ideología se basa precisamente en la sustitución de los tecnicismos de la competencia por la pureza de la voluntad, y no es extraño que elogien sin rubor a gente de tan sutil competencia política como Chávez, Fidel o Maduro o que todo su programa político se resuma en un berrido de niños como Sí, se puede.

Decía Gómez Dávila que todo revolucionario está convencido de que la anterior revolución fracasó porque no la lideró él. Y hace mal Rivera en reforzar este estúpido error cuando sabe bien que el problema no es el líder sino el hecho. Por eso reía Iglesias, porque sabe bien que en su relato la incompetencia es irrelevante y que ese es justo el discurso que ni Rivera ni los partidos del sistema se pueden permitir el lujo de comprar.

Porque el problema es que, ahora y aquí, no hay revolución posible ni deseable. Y que por eso sigue siendo preferible un demócrata incompetente que un revolucionario competente. Precisamente porque este no tiene problema en pasarse la vida de fracaso en fracaso.

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