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De cervezas

Lo que sí que parece una verdad indudable es que uno no puede adentrarse en los bares a impartir doctrina y a mandar a sus políticos a tomar viento a la farola mientras bebe zumitos de frutas o tés de hierbas aromáticas.

Todos nos hemos sentado en alguna ocasión a arreglar el país a golpe de cervezas. Parece que da cierta autoridad despotricar contra estos gobernantes y estas instituciones que padecemos cuando se sostiene una birra rubia bien fresquita en la mano. Puede que también lo hagamos porque solo la cerveza ayuda a tragar mejor estas penurias, o porque hay pocas cosas más placenteras que terminar una larga jornada de trabajo en un día de calor pegajoso, sentarse en la terraza con los pies en alto y beberse una tan helada que la notemos descender por la garganta y más allá, como apagando un incendio y regando algo de vida a un cuerpo entonces sin vigor, que tras varios sorbos recupera cierta lozanía. Esta es la razón última de su existencia, sin duda. Lo que sí que parece una verdad indudable es que uno no puede adentrarse en los bares a impartir doctrina y a mandar a sus políticos a tomar viento a la farola mientras bebe zumitos de frutas o tés de hierbas aromáticas.

Hay otros momentos en los que el alma se nos vuelve un tanto exótica y aventurera, y dejamos aparte esa cerveza de diario para descubrir otros sabores y otros países. Hubo una época en la que cada nación que se preciara debía tener su propia compañía aérea y su propia birra, una cuestión de prestigio internacional. Ahora florecen cervecerías artesanales en cada rincón de cada país, y es labor del buen viajero no solo pasearse sin rumbo por las calles de esas ciudades extranjeras y hacerse ‘selfies’ al lado de los monumentos, sino degustar con reverencia los diferentes amargores, las variaciones sutiles del dulzor de la malta y la cebada, la cremosidad, la textura, los aromas de lúpulo escondidos, que dicen mucho de la cultura e idiosincrasia de esos pueblos. Así, de vuelta a casa, en el a veces cansino hastío de lo cotidiano, es cuando las cervezas de importación nos ayudan a revivir esos viajes pasados y nos refrescan la memoria de los sabores hermanados a momentos, algo así como la magdalena de Proust, pero un poco más prosaico.

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