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Cuestión de escala

Las esculturas de Ron Mueck conmocionan tanto por su hiperrealismo como por la ruptura (casi desgarro) de escala y contexto. Sus personajes generan desasosiego y producen un malestar que tiene que ver con el espacio vital, como si un moribundo se te sienta al lado en el metro y comienza a morirse hacia donde tu estás.

Algo que caracteriza a un artista es que dedica tiempo a observar cosas que suelen pasar inadvertidas para los demás. El artista trabaja en cierta medida como un científico, tiene una base teórica, pero su capacidad de expresión se materializa en lo empírico, en la prueba y ensayo. Lo que finalmente vemos, la llamada obra, no es sino la destilación de un largo proceso de reflexión y experimentación, por eso, si el trabajo es bueno, nos atrapa, porque tiene dentro una vida entera, cargada de preguntas, de cuestionamientos y desafíos. Una obra de arte, si es honesta, debe suponer un riesgo para el artista, algo que lo vacíe, que lo deje exhausto. Lo que nos llega al entrar en contacto con el resultado de su trabajo es una realidad descontextualizada o leída desde un nuevo ángulo, una sensación de extrañamiento que, si conecta con nuestra sensibilidad, nos conmueve de algún modo, no necesariamente agradable.

En 1917 Marcel Duchamp presentó en la exposición anual de la Society of Independent Artists de Nueva York un urinario colocado del revés, y lo tituló La Fuente. De este modo revolucionó el mundo del arte. Por un lado trasladó definitivamente a esta ciudad la capital de la modernidad artística, que había sido hasta entonces patrimonio de París, y también rompió con la hegemonía de la pintura como Arte con mayúsculas, haciendo de la escultura el nuevo medio de expresión de las vanguardias. Pero la verdadera revolución fue la utilización de objetos de consumo producidos a escala industrial que, a través exclusivamente de su selección y presentación, acceden a la categoría de arte. La ruptura que se produjo entonces continúa, casi cien años después, siendo objeto de reflexión y alumbrando nuevos talentos.

Las esculturas de Ron Mueck, que se exponen ahora en el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro, conmocionan tanto por su hiperrealismo como por la ruptura (casi desgarro) de escala y contexto. Sus personajes generan desasosiego y producen un malestar que tiene que ver con el espacio vital, como si un moribundo se te sienta al lado en el metro y comienza a morirse hacia donde tu estás. No sorprende que el origen de este artista sea la industria de los efectos especiales: las salas de los museos, habitadas por sus esculturas, parecen la Casa del Terror.

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