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Cuando la guerra no es un juego

Aburridos tras perder a sus hermanos, padres y amigos, estos niños deambulan por las calles disfrazados jugando a la guerra. A mí todos estos niños, usados como iconos de las guerras me ayudan a reflexionar hasta qué punto puede llegar la crueldad humana.

El ojo humano es capaz de acostumbrarse a todo. Cuántas fotografías hemos podido ver de niños jugando a ser soldados o policías. El peligro llega cuando la realidad supera la ficción. Y esto ocurre precisamente cundo esas terribles imágenes nos llegan de escenarios donde la guerra se ha convertido en el pan de cada día.

Estas pobres criaturas, ajenas al conflicto, padecen una especie de síndrome por el que se dedican a imitar a sus mayores, a los que están en el campo de batalla. Luchas de todo tipo que sólo dejan ríos de sangre, desplazados y destrucción. Los grandes danmificados son siempre los mismos: los civiles, y entre ellos los más débiles, los niños.

Aburridos tras perder a sus hermanos, padres y amigos, estos niños deambulan por las calles disfrazados jugando a la guerra. Lo hemos visto en Oriente Medio, África y en Ucrania. Son escenas a las que quizá no les damos mayor importancia, pero que reflejan el gran fracaso de un mundo sin futuro para los que deberían ser el futuro.

Los que dedicamos parte de nuestras vidas (si no toda) al fotoperiodismo sabemos hasta qué punto podemos llegar a considerar normal lo que debería ser excepcional. La revolución mediática provocada por internet, los smartphones y la redes sociales nos han hecho aún más insensibles, llegando a engullir auténticos horrores sin pestañear.

A mí todos estos niños, usados como iconos de las guerras me ayudan a reflexionar hasta qué punto puede llegar la crueldad humana. No hace mucho que ocurrió la trágica segunda Guerra Mundial y no escarmentamos. Somos realmente estúpidos. Parece que algunos están empeñados en meternos en otra.

No en vano, sólo el ser humano es capaz de chocar varias veces con la misma piedra. Y si seguimos por este camino que nadie dude que, antes o después, volveremos a las trincheras.

Así somos.

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