Juan Milián

Cuando la gota colme el vaso

"En China se acalló a los que dieron la primera voz de alarma. Aquí, fueron ignorados"

Opinión

Cuando la gota colme el vaso
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Juan Milián

Juan Milián

Morellano del 81. Politólogo y político. Procesólogo por obligación, mediterráneo por vocación. He escrito algún libro.

Oímos llamamientos a la unidad en torno a una mentira, una mentira que ni tan siquiera es útil. El “no se podía saber” o “la culpa es del Partido Popular / de la Unión Europea / de los empresarios” solo alimentan la sensación de impunidad en un gobierno irresponsable que, henchido de superioridad moral, nunca aceptó la rendición de cuentas. Nos ha sorprendido la peor crisis con el peor gobierno, solo competente en trilerismos comunicativos. Como en el reciente y ya olvidado Delcygate, con la epidemia de Covid-19, cada nueva versión del Gobierno convierte en mentira la anterior. Así, mienten sobre la histórica negligencia del 8-M, mienten sobre la compra de los test defectuosos, se mienten entre ellos, -de ahí la descoordinación-, nos mienten desde el principio –“está controlado” tuiteó Pablo Echenique, cual portavoz soviético en Chernóbil-, nos mienten a todos, porque creen que el poder y la ideología legitiman cualquier mentira.

Pero el vaso se va llenando y llega el punto en el que la propaganda no es suficiente. Ya les advirtió Václav Havel, en El poder de los sin poder, que “desde el momento en que todos los problemas reales y los fenómenos de crisis se ocultan bajo el espeso manto de la mentira, no se sabe nunca cuándo caerá la famosa gota que colma el vaso y en qué consistirá la gota”. Y nos advirtió al resto: “por esto el poder social persigue a título preventivo y casi automáticamente todo intento de ‘vida en la verdad’, incluso el más modesto”. Los tics del gobierno de Redondo e Iglesias son siempre peligrosos, pero los son más en estos tiempos de alarma en los que se nos anima a socavar los pilares de la democracia liberal.

Necesitábamos un Estado garantista, no un Estado derrochador que nos dejara sin margen de maniobra ante una crisis inesperada. Necesitamos transparencia, pero siguen con la confusión y la intoxicación. Siguen cayendo gotas en el vaso. En La Moncloa, los prejuicios ideológicos prevalecen más que nunca por encima del bien común. “Prohibir los despidos”, proclaman. Más allá de su dudosa constitucionalidad y de la clara traición al diálogo social, provocará el cierre de empresas y también menos contrataciones, menos recaudación y menos bienestar. Más crisis, en definitiva, pero, oiga, qué bonito eslogan para estigmatizar a los empresarios. Qué sectarismo. Nada como un enemigo para tapar las propias incompetencias. A lo Torra. Refuerzan el marco populista y sus consecuencias. Menos empresas y más dependientes del poder político. El auge de los irresponsables y su clerecía; y el declive de la libertad para la ciudadanía común. Llegaron al poder avivando las emociones adversativas, el odio al otro, cómo no iban a hacerlo ahora que se ven desbordados.

El miedo y la desesperación suelen traer gobiernos populistas. Sin embargo, esta crisis está golpeando aún más a los países con los populistas -de todos los colores- en el poder. Y estos están fracasando en la gestión de la dura realidad. Así pues, una de las reflexiones para estos días de confinamiento debería girar en torno al grave problema de selección de élites que ha padecido durante los últimos años la democracia liberal, en general, y el caso español, en particular. Hace casi tres décadas Gilles Lipovetsky señaló que, para el futuro de las democracias, no había “en absoluto tarea más crucial que hacer retroceder el individualismo irresponsable, redefinir las condiciones políticas, sociales, empresariales, escolares, capaces de hacer progresar el individualismo responsable”. No obstante, el crepúsculo del deber y el desahogo emocional se convirtieron en malas compañías de nuestras sociedades.

Evitemos, por tanto, buscar la solución en otros populismos. Ni hombres fuertes, ni autoritarismos, ni nacionalismos serán más eficaces, por no decir ya eficientes, que una administración más racional y una sociedad más cívica. Si la respuesta no fue rápida, no fue porque sobrara democracia liberal, sino porque faltó cultura democrática y liberal. En China se acalló a los que dieron la primera voz de alarma. Aquí, fueron ignorados. Y ahora redescubriremos que un periodismo plural y crítico siempre vale más de lo que cuesta. Faltó escepticismo y sobró demagogia. Cuando el vaso se colme, no repitamos los mismos errores.

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