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Cristiano ¡conviértete!

Es tan famoso que podría decirse que ha generado una nueva religión: el cristianismo-ronaldista, que cuenta con millones de creyentes y se extiende por los cinco continentes.

Todos los que hemos gastado la infancia jugando al fútbol en las calles, hasta que la oscuridad nos impedía reconocer dónde estaba el balón, sabemos que Cristiano Ronaldo era el niño que se enfadaba si no aceptabas que le habías hecho falta. El que cogía el balón y se cabreaba, marchándose a casa con los ojos hinchados, si no le dabas la razón. El que echaba la culpa a sus compañeros de las derrotas, pero que cuando se ganaba siempre era por él.

Ahora ha coincidido que a uno de esos niños le ha ido bien en la vida y es un crack mundial: hace anuncios, juega partidos, mete goles, hace anuncios otra vez e incluso logra mantener cierta imagen de marca pulcra y adecuada. Pero a poco que se descuide, el niño cabreado vuelve a salir.

Es tan famoso que podría decirse que ha generado una nueva religión: el cristianismo-ronaldista, que cuenta con millones de creyentes y se extiende por los cinco continentes.

El buen cristiano-ronaldista debe esforzarse por cumplir los mandamientos ronaldianos, que son muchos pero pueden resumirse en dos: te amarás a ti mismo sobre todas las cosas y codiciarás los balones de oro ajenos.

Casi nada de Ronaldo me gusta. No discuto sus números asombrosos, sus kilómetros recorridos o sus asistencias y títulos alcanzados. Pero el fútbol es más que números y no queda atrapado y reducido a ellos como puede suceder con el béisbol o el baloncesto.
Porque el fútbol es emoción, sentimiento, cariño. El fútbol habita en el corazón y no en la cabeza. Recordamos a los jugadores que nos hicieron felices y, sobre todo, a aquellos que detectamos que, sinceramente, aman el juego. Amamos a los que adoran jugar, por el hecho de jugar y sentirse vivos, adoran el césped, los compañeros, el olor del gol que se anuncia en un centro medido, hasta el vapor de las duchas. Sabemos identificarlos y los separamos de los que ven el deporte como un camino a la fama y el dinero, como un medio y no como un fin.

Esa es mi religión. Cristiano, ¡conviértete! estás a tiempo. Como todo converso deberás superar un reto de iniciación: la próxima vez que metas un gol no corras a exhibirte tú solo, busca a tus compañeros con cariño casi desesperado y abrázalos.

Te sentirás bien rodeado por ellos, y en el latido de sus diez corazones percibirás algo fuerte y hermoso. Escúchalo: se llama fútbol.

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