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Cosmopaletismo

Mi abuelo Ángel era un hombre risueño, sin un solo grado de estudios superado, pero al que sus años dedicados a barrer en Las Ventas y el contacto con las gentes variopintas que se daban cita allí le habían otorgado una notable capacidad expresiva. Ahora que ha pasado tanto tiempo, creo descubrir que lo adoraba por la sencillez con la que me explicó muchas cosas que a esa edad son inexplicables. El caso es que de vez en cuando, al volver de la plaza, traía consigo dos chicles: uno para mí y otro para él. Recuerdo los dos envoltorios como si no hubieran pasado treinta años desde entonces, como si los tuviera delante ahora mismo. El mío, especial para niños, llevaba escritas las siguientes palabras: “Cheiw Junior – 5 ptas“. A mí ese “Junior” me rompía la cabeza, y lo asociaba al mes en que nació mi padre, junio, sin entender muy bien qué tenía que ver el chicle de mi abuelo con el cumpleaños de mi padre. A su vez, la etiqueta del suyo, para adultos, rezaba así: “Cheiw Special- 5 ptas- 5 sticks“. Aquí sí que ya no entendía nada. Le pregunté a mi abuelo qué significaba todo aquello y él me contestó: “Hay gente que escribe palabras que no entiende para que nos riamos los que tampoco las entendemos”.

Me hubiera gustado que tantos años después mi abuelo siguiera vivo para que comprobase cómo aquella moda que surgía en los 80 ya se ha instalado en el imaginario de la gente sin demasiada dificultad. El otro día sintonicé ese programa para niños que se llama La voz kids, y ya sólo con leer el título supe que los chicles de mi abuelo habían sentado muy mal en los estómagos de mi generación. Más tarde aparecieron unos cuantos famosetes encargados de guiar el paso de los niños por el programa. Estos famosetes no son ni entrenadores, ni profesores, ni mentores, ni monitores, ni guías. Son coaches, que quizás bien pronunciado rime con ese kids del título. Miré a mi novia, extrañado. Ella sólo fue capaz de añadir: “Éste es mi talent show favorito”.

Creo que mi abuelo, aquellas lejanas tardes, no intuía que esas palabras dejarían de provocar risas en los consumidores para empezar a transmitir algo mucho más peligroso para la lengua: prestigio. En este país, en el año 2018, es mucho más insigne el coach que el entrenador, mucho más ilustre el kid que el niño, mucho menos casposo el show que el programa, y por supuesto mucho más perseguido el talent que el talento. Pobre abuelo Ángel, si hubiera visto que aquella sencillez popular con la que explicaba las cosas ahora está plagada de anglicismos. En su honor, remito a todos los lectores a una etiqueta que unos amigos utilizan en la red para referirse a estas cosas: #cosmopaletismo. Denuncian así que quizás aún haya algunos que, como mi abuelo, se rían de las palabras que ni siquiera entienden aquellos que las pronuncian.

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