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Cosificando

Estoy hasta los ovarios de ver imágenes como ésta en eventos deportivos, ferias comerciales y demás. Me desagrada esta foto porque ellas son dos cosas sin alma y ellos una panda de tontos ilusionados por aparecer en una foto con dos rubias pechugonas.

Trece chavales (más los que no entran en la foto) posan orgullosos con dos rubias escotadas, acortadas y ajustadas. Ellas sonríen y sostienen una cerveza y un pretzel, aunque las cosas que tienen en las manos son lo de menos porque son ellas las que han pasado a ser los objetos principales de la foto, que no sujetos. Por eso están ahí. Comida, bebida y mujeres. He aquí los pilares básicos de toda feria de productos que se precie.

Esta imagen, tan inofensiva a primera vista y tan ofensiva al pararse un momento a mirar, es un ejemplo perfecto de lo normal que resulta hoy día cosificar a las personas, muy especialmente a las mujeres. La excusa de la foto es el inicio de la Oktoberfest en Múnich, pero el motivo importa poco. Bien podríamos estar ante una convención de dentistas, un evento deportivo o la presentación de cualquier cosa. Ellas seguirían ahí, con un traje diferente y una misma función: hacer bonito, ser amables y deseadas, servir de anzuelo para que ellos quieran ir a la fiesta y consuman con alegría.

Estoy hasta los ovarios de ver imágenes como ésta en eventos deportivos, ferias comerciales y demás. Me desagrada esta foto porque ellas son dos cosas sin alma y ellos una panda de tontos ilusionados por aparecer en una foto con dos rubias pechugonas. Me entristece y me cabrea. Y si invirtiéramos los sexos me ocurriría exactamente lo mismo, pero rara vez tropiezo con una imagen inversa. Hay una cita de Galeano que dice: «Estamos en plena cultura del envase. El contrato de matrimonio importa más que el amor, el funeral más que el muerto, la ropa más que el cuerpo, y la misa más que Dios». Pues aquí el color de las trenzas importa más que la cabeza, la sonrisa más que el sentimiento y las tetas más que el corazón.

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