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Contigo empezó todo

Foto: Manu Fernandez | AP

El espacio propagandístico FAQS de TV3 recuperó este sábado a Artur Mas, aquel hombre que, en un principio, debía ser un presidente de paso antes de que Oriol Pujol perpetuara la dinastía en el gobierno de la Generalitat, pero, como es bien sabido, las cosas se torcieron y los planes se fueron al garete. Según parece, Mas era el convergente predilecto de Marta Ferrusola. Antes de su ascenso en aquella CiU que dominaba todos y cada uno de los rincones de la catalana terra, las veleidades de Mas en política se circunscribían a una tecnocracia posibilista y al mantenimiento del statu quo añejo que pasaba por el peix al cove y oscuras tramas de mordidas y turbios porcentajes en adquisiciones públicas. Era tal su pragmatismo que no dudaba en considerar el independentismo como una vindicación kitsch de los a la sazón minoritarios partidarios de ERC.

Mas pactó con socialistas y populares. Siguió la senda marcada por Pujol, cuyo concepto de la gobernabilidad de España pasaba ineludiblemente por que le dejarán campo libre en su terruño para hacer lo que le viniera en gana. Vamos, como en el chiste del dentista. No vayamos a hacernos daño, y aquí paz y después gloria. Conocido es que todo aquel cambalache saltó por los aires y fue tal el hedor emergente que hubo de tirar de himnos estrepitosos y banderas cegadoras en espectáculos coreografiados por los visionarios de la televisión pública. Aquel tecnócrata que hablaba español en la intimidad se hizo independentista de la noche a la mañana. Con él empezó todo: el delirante relato del procés iba degenerando con el mismo vértigo con que la antigua convergencia era engullida por el reconocimiento de una corrupción sistémica y sin pausa.

El sábado no tuvo empacho en afirmar que los restos naufragados en mil siglas inextricables de su partido significaban el proyecto más transversal e ilusionante de los que es fan i es desfan. Ahí vislumbramos de nuevo a Moisés atildado como un jefe de planta de grandes almacenes. Con un rictus, eso sí, algo más triste y, pese a cierta jovialidad extemporánea, falto de aquella proverbial arrogancia convergente. No sé por qué, pero me lo imaginé con el currículum pulcramente doblado en el bolsillo interior de la chaqueta.

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