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Comer, beber y rezar

Para Epicteto, “el acto de comer, como el de copular, debería hacerse de pasada”.

Dante condenó a los glotones a una lluvia “eterna, maldita, fría y grave”, y Epicteto no se muestra más transigente con la sensualidad cuando escribe que “el acto de comer, como el de copular, debería hacerse de pasada”. Un ser festivo, este Epicteto. El placer, y singularmente el placer de la cocina, ha tenido muy difícil elevarse a arte, y si ha habido escritores gargantuescos, tampoco ha faltado un dandysmo del ayuno, de Foster Wallace al Ceronetti que apunta su excitación estomacal ante la contemplación de una manzana. Al morir, Bernard Shaw pidió para su entierro una comitiva fúnebre de las gallinas, vacas y cerdos que –vegano absoluto- había dejado con vida en sus años sobre la tierra.  

Entre resacas apocalípticas y razzias al burdel, nadie hubiera podido esperar nada bueno de James Boswell. Era “un vago, un libidinoso, un borracho y un esnob”. También era hombre de sed rotunda: cualquier noche podía bajarse “tres botellas de Burdeos, dos de Oporto (…), tres de Málaga y una de ron”, “para lo mismo repetir mañana”. Cuando, finalmente, Boswell logra con su Vida de Johnson “uno de los éxitos más notables de la historia de la civilización”, el viejo borrachín no iba a dejar de ofrecer “la refutación más contundente de las lecciones de moralidad barata”. Será que, como dijo Waugh, “algunos, como Shaw, pueden alimentarse sólo de nueces, y en cambio otros necesitamos caviar”. La de Waugh es opinión muy ponderada.  

Al escribir sobre el Cuento de Navidad, Chesterton afirma que Dickens se batía por la antigua alegría europea, por la fiesta pánica y cristiana que nos llevaba a comer, beber y rezar como una trinidad de perfecta congruencia humana. Tanta repostería conventual, tanta paciencia azucarada de las monjas, encuentra su sentido –afirma Benedicto XVI- en la propia Escritura: “aquel día, los montes destilarán dulzura y las colinas manarán leche y miel”. Chesterton también decía que había que beber no para estar alegres sino porque estamos alegres. Al fin y al cabo, un buen apetito siempre es muestra de “obediencia implícita a los mandatos del creador”. Quizá por eso los europeos de todo tiempo entendieron que la buena cocina es –ahora y siempre- de las mejores obras de misericordia que podemos tributarnos. 

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