Ignacio Peyró

Carta de verano

Las bendiciones de la vida de soltero en Madrid son tan dulces para el alma como desastrosas para el hígado

Opinión

Carta de verano

Las bendiciones de la vida de soltero en Madrid son tan dulces para el alma como desastrosas para el hígado

Querido amigo,

Las bendiciones de la vida de soltero en Madrid son tan dulces para el alma como desastrosas para el hígado, por lo que –como cada año- he decidido mudarme al campo para mi retiro anual. La anchura funcionarial de mi veraneo se presta espléndidamente al efecto. Acudo aquí con ánimo convaleciente y purgativo, a fin de reponerme del severo régimen de carnes rojas y grandes crus de la Borgoña que me impongo en Madrid. ¿Me creerás si te digo que he descubierto el sabor del agua pura, cuando no sirve para despertar los éteres dormidos de un buen whisky?

No puedo decirte, ay, que el hombre nuevo no eche de menos algunas costumbres del hombre viejo: un cognac bien mecido, el estilete de clarividencia de un martini. E incluso, cada mañana, al despertar, noto que algo me falta: esa mezcla de dolor de cabeza y malestar ético-etílico que suele acompañarme en Madrid cada vez que da uno en levantarse antes de las doce de la mañana. Pero, puesto que inquirías por mi estado, te diré que estoy bien.

No te creas que, por estar en el campo, adopto la pose del gentleman farmer: vellocinos y caramillos dan muy bien en las églogas de Garcilaso y en los cuadros de Poussin, pero a mí me basta con ver el alabeo tan suave del paisaje, las encinas como un damero –sol y sombra- cada atardecer. La mejor agricultura es la especulativa, y comprendo muy bien al Luis XIV que, cada año, fingía podar con tijeritas de oro unas cuantas ramas de naranjo.

La conexión a internet y la televisión apenas funcionan, lo que no dejo de interpretar como un signo de predestinación por parte del Altísimo, que cada mañana se esmera en las luces del alba y cada tarde nos envía una brisa que sospecho importada directamente del Empíreo. Valga como decirte que el verano está siendo muy fresco. De noche, me dedico a llevar la contabilidad de las estrellas. Por lo demás, Séneca recomienda a Lucilio no hacer alarde de vida retirada, pero hay un sutil placer inagotable en no ver a nadie nunca.

Ya habrás reparado en que no te he comentado dónde estoy, pero estas soledades son celosas, y abominan de todo cuanto hay fuera: el olor de la basura fermentada en las ciudades de la costa, la arquitectura como crimen contra la humanidad, las pantorrillas blancas, los cortes de pelo aerodinámicos y el apogeo de una vulgaridad de todo a cien. Tampoco me busques lejos de España: ya de joven conocí con mucho ese país llamado extranjero.

Asomado a The Objective, observo los veranos ajenos –gentes que se lanzan al río allá en Kosovo, funambulistas en el Atomium- y caigo en que apenas te puedo ofrecer alguna novedad: apenas hay aquí emoción que no sea la exaltación tranquila de –como todos los veranos- escribir. Es cosa muy modesta, pero algo nos enseña: que, por contracitar a Pascal, toda nuestra felicidad viene de saber quedarnos en un cuarto.

Nos vemos en septiembre, Dm.

Tu siempre amigo,

Ignacio

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