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Carta a don Alonso Quijano

Querido y admirado señor Quijano, disculpe vuestra merced que le escriba sin haber sido invitado a ello. Me ha animado el hecho de, al parecer, haberse descubierto que Villanueva de los Infantes podría ser el famoso “lugar” de la Mancha que vio nacer la que llaman su locura, pero que yo sé que es pasión por la justicia, ansia de valer a los débiles y amor por hacer grandes hazañas que recordarán por siempre los tiempos venideros.

El caso es que, hallándome con la pluma en suspenso, como diría el autor de su historia, don Miguel, señor y padre de todos nosotros que nos dedicamos a juntar palabras; hallándome digo absorto en variados pensamientos, di en la idea de que, a pesar de tantos años de compañía, de citar sus frases en los más variados informes, e incluso de usar su figura como base para una propuesta de un evento corporativo, nunca le he dado las gracias.

Así que, dirigiéndola al señor alcalde de Villanueva de los Infantes o a quien más y mejor competa este asunto, envío estas letras garabateadas poco antes del alba, la hora más propicia a los desvaríos, para que tengan a bien hacérselas llegar y que quede constancia de mi agradecimiento.

Usando las palabras de don Miguel: “poniendo los ojos la prudencia de vuestra excelencia en mi buena intención, confío en que no desdeñará la cortedad de tan humilde servicio”.

Aunque no es de buen cristiano, debo confesar que envidio muchas cosas de vuestra merced, don Alonso: su empuje, gallardía, sentido del honor, animosidad, amor por la justicia, dignidad, generosidad, grandeza y libertad. Pero, siendo sincero, por encima de esas prendas o de cualquiera de sus hazañas, hay algo que valoro como la más alta prenda alcanzable, la más valiosa.

Y no es otra que, sus vecinos, aquellos hombres con los que compartió su tiempo en este mundo, siempre breve para todos, apenas una gota en un mar de eternidad, dieron en llamarle a usted don Alonso Quijano “el bueno”. Quiera Dios, en su infinita bondad y misericordia, ser yo algún día merecedor de semejante honor. Dudo de que pueda haber otro mayor.

Atenta y afectuosamente, reciba el saludo lleno de respeto y admiración de un humilde escudero

Jaime.

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