Ignacio Peyró

Cansarse de Londres, cansarse de la vida

Volveremos a Londres una y otra vez, a sabiendas de que no es placentera, ni agradable, ni fácil ni gozosa pero sí –sencillamente- magnífica

Opinión

Cansarse de Londres, cansarse de la vida

Volveremos a Londres una y otra vez, a sabiendas de que no es placentera, ni agradable, ni fácil ni gozosa pero sí –sencillamente- magnífica

Londres no ha tenido peor enemigo que el calor: su Gran Incendio vino precedido de meses al rojo, su Gran Peste se incubó al sol que calentaba las miasmas. Gautier contempla un Londres de verano “hirviente como un caballo sudado”; más drástico, nuestro Julio Camba dejará dicho que Londres con sol es ni más ni menos que un absurdo. Quizá le falte la enredadera de la niebla, quizá eche de menos a la aristocracia que huye cuando –ahora en agosto- llega la última sesión parlamentaria. Hay un momento, a decir de Henry James, en que permanecer en Londres no es más que una pobreza del espíritu.

Volveremos, pese a todo, a Londres una y otra vez, a sabiendas de que no es placentera, ni agradable, ni fácil ni gozosa pero sí –sencillamente- magnífica: todavía, “una feria continua”, como en tiempos del abate Ponz. Ahora, aterrizar en Easyjet parecerá un homenaje inverso a esos otros viajeros del bello mundo morandiano, llegados a la City para “hacer sus provisiones anuales de jerez amontillado, (…) de semillas de césped, de caballos angloirlandeses, de sombreros de seda”. Sentados en una de esas garden squares mansas bajo la lluvia, haremos pese a todo bien en recordar que Londres ha sido comparada por turnos con Babilonia y con Pompeya, con Jerusalén, con Troya y con Sodoma. Menos veces santa que pecadora, cuando ya parecían apagadas las luces de su fiesta, he ahí que la ciudad vuelve al podio, vitaminada por el dinero de los rusos, de los árabes, de todos aquellos que han suyo el grito originario de Londinium que oyó Pope: “¡haz dinero!”.

Quién sabe si no será ese el plinto de una historia que leemos como una continua resurrección, mudos ante la fascinación de un lugar en que todavía “la vida y la muerte van mano con mano; riqueza y pobreza van hombro con hombro, y hartazgo y hambre yacen juntos”. Hubo un momento en que el poeta Heine a punto estuvo de arrojarse al Támesis, pero terminaría por escribir –ebrio de credulidad- que Londres era la mayor maravilla de la tierra. Eso será o no será, pero lo más hermoso que se ha dicho sobre la ciudad sigue siendo aún lo más verdadero: quien se ha cansado de Londres, es que se ha cansado de la vida.

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