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Calvos

Hace mucho tiempo le escuché decir a Luis Llach, cuando le preguntaron por su, entonces, irremediable caída de pelo, que la calvicie era una cuestión de “vicio estético”. Y yo, vicios me he cogido otros.

Soy calvo. Pondría una foto para certificarlo, pero todo el mundo me va a creer con solo decirlo: es cosa bastante corriente.

Mi madre me llevó al dermatólogo con veinte años porque ya lo veía venir. Me recetó vitamina E y me dijo, puede que no te sirva para la caída del pelo, pero cuidarás la vista. Con el tiempo, también he tenido que ponerme gafas para leer. Mi novia de entonces me traía unas ortigas para que hiciera una infusión y me lavara la cabeza con ellas. Enseguida leyó acerca de otro remedio mejor, más sencillito, lavarme el pelo con jabón Chimbo, del que, entonces, había en todas las casas para lavar la ropa a mano. Todas mis mujeres preocupadas, pero no hubo remedio, ni más remedios (no era época de Google). La calvicie es terminal y así me quedé. Desde entonces soy más de contenidos. Lo que me lleva a preocuparme por conservar y/o llenar lo de dentro. La cabeza es la gran maleta que siempre llevamos encima y en la que podemos meter (pero también no) todo tipo de artefactos posibles (intelectuales o no). Siempre hay sitio. Pero a no olvidar que por fuera también debe tener su aquel. Hay cabezas calvas y cabezas calvas. La mía heredada exactamente de mi abuelo materno ya venía bien diseñada para la ausencia.

Hace mucho tiempo le escuché decir a Luis Llach, cuando le preguntaron por su, entonces, irremediable caída de pelo, que la calvicie era una cuestión de “vicio estético”. Y yo, vicios me he cogido otros. Por ejemplo, lo de beber no se me da mal. Y ahí sí que me pillaban los japoneses con lo de la oferta. Se podría hacer un casting de amigos para aprovechar la salida y el descuento, pero no sé si lo veo, a los amigos también se los elige por los contenidos.

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