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Buenas comilonas y amores ingenuos

Para redimir a Dickens hubo que recurrir a la autoridad de Nabokov, descubrirle pasiones demasiado humanas –de la crueldad a la usura- o buscarle algún infalible escándalo de orden salaz. Su mismo Cuento de Navidad ha sido sometido a diversas actualizaciones cibernéticas.

De Carlos Dickens se dijo que fue el escritor favorito del gremio de los tenderos, quizá en la impiedad de ocultar que también fue el escritor favorito del estamento real. En realidad, cuesta encontrar en su tiempo a alguien de quien no fuera el escritor favorito, quizá porque –como dijo Maurois- se adivinaba que el autor quería a los hombres, “y los hombres se lo agradecían”.

Seguramente su literatura rebosaba demasiada piedad como para pasar sin daño por tantas impiedades del siglo XX. Hubo quien se rió de su punto melodramático. Hubo quien arremetió contra su técnica. Hubo quien lo motejó de “escritor pop” y lo censuró por ofrecer un sentimentalismo al gusto mesocrático de –precisamente- los tenderos. Durante buena parte del XX, a Dickens se le leyó con la misma pasión del XIX, pero se hizo imposible leerlo sin cierta mala conciencia cultural. No había ningún atractivo de malditismo en aquel escritor que nunca –nunca- se saltó el plazo de una entrega. No había salvación política posible para el novelista que –según se dijo- contribuyó a evitarle a Inglaterra una revolución. ¿Cómo reírse con el Pickwick después de estar con Freud o con Marx?

Para redimir a Dickens hubo que recurrir a la autoridad de Nabokov, descubrirle pasiones demasiado humanas –de la crueldad a la usura- o buscarle algún infalible escándalo de orden salaz. Su mismo Cuento de Navidad ha sido sometido a diversas actualizaciones cibernéticas. Es así que, poco a poco, Dickens ha ido pasando de pecado a moda cultural. Veremos cuánto dura, pero –tenderos o royals- todavía habrá quien sepa trascender las contingencias de la crítica para amar “esas alegrías sencillas, el placer de las grandes hogueras, el patín sobre la nieve en invierno, buenas comilonas y amores ingenuos”. Por supuesto, muchos no dejarán de ver ahí “paparruchas”, pero ya Dickens nos enseña que siempre tendremos con nosotros algún Scrooge.

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