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Beber se sabe o no se sabe

Sólo una intensa experiencia libatoria nos hará distinguir el número de copas que nos hace irresistibles de aquel que nos vuelve insoportables.

Sólo una intensa experiencia libatoria nos hará distinguir el número de copas que nos hace irresistibles de aquel que nos vuelve insoportables. Es una cartografía inexacta, siempre entre el latigazo de grappa capaz de alzarnos a un conocimiento superior y aquel otro tras el que sólo cabe llamar a una ambulancia o -directamente- al camión de la basura. A efectos generales, tiene validez la advertencia de Scruton: si no se puede beber con el estómago vacío, una cabeza hueca tampoco es recomendable.

Frente al moderato del buen bebedor, ¿qué educación sentimental de la bebida tendrá una generación arrasada por tanta caipiroska desaprensiva, los calimochos de coca cola caliente, esos vodkas con sabor a pimiento de piquillo? La norma áurea del dry martini –muerte y resurrección- poco tiene que ver con un barreño tibio de ginebra. Ocurre en todo: del gesto civilizado de una copa de vino en la comida, día tras día, pasamos a bebernos el mundo en una noche. Comprimimos el espacio para el alcohol cuando estaba ahí para puntear de gozo la vida, como una alianza placentera y habitable, para dar brillo de domingo a un miércoles. La vieja liturgia social de las rondas –esta tú, la otra yo- cede el paso al tribalismo del botellón. También nos irá mal si cada “vino de la casa” está para arrojárselo a los perros.

Las leyes secas han tenido sus problemas, en parte porque su inefectividad al terminar con un peligro no ha dejado de alentar otros peligros. La reina Victoria llegó a sufragar “fuentes de la templanza” para la conversión acuática de unos ingleses empapados a perpetuidad en cervezas y ginebra. Más sabio, Thomas Jefferson –hombre fino, habituado al Sauternes y al mejor Chianti- declaró que contra el licor no había mejor antídoto que el vino. El muy animal sabía que era “una necesidad para la vida”. Volvamos pues al vino, al Krug grave y al Cristal alegre, peregrinos a la busca –como en Brideshead- de esa botella que es “como el último unicornio”.

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