Kiko Mendez-Monasterio

Beber cerveza

El repugnante virus del cosmopolitismo se extiende mucho vía low cost. El brasas del gintonic pide un pincho de foie a la plancha y yo otra caña estilo añejo. Hay una parte del verano que sólo consiste en escuchar a los de al lado y beber cerveza.

Opinión

Beber cerveza

El repugnante virus del cosmopolitismo se extiende mucho vía low cost. El brasas del gintonic pide un pincho de foie a la plancha y yo otra caña estilo añejo. Hay una parte del verano que sólo consiste en escuchar a los de al lado y beber cerveza.

No es fácil combinar lo tradicional y la vanguardia, y resulta un fastidio, porque quizá en esa mezcla se encuentra ahora el secreto de los éxitos, la fórmula perfecta para vender cafés, zapatos o novelas.

El ruido de este nuevo bar no me deja pensar en otra cosa: desde afuera el sitio parecía algo más cool, con sillas de diseño y lineas rectas, y hasta un cartel que avisa que acá el gintonic es exclusivo y es genial, porque la bebida de quinina la traen desde la India. No es uno de esos carteles escritos con rotulador y pegados con celo, como en los bares de antaño, ni tampoco está inscrito en un azulejo. Advierte de la importación de la tónica con un estudiado diseño de cada letra, uno de esos detalles que hacen sospechar que no puede saber de hostelería tabernaria quien tanto sabe de ortografía y detalles estilísticos. Sin embargo, contra todo pronóstico, el barman sabe tirar perfectamente una caña de las de antes, en vaso corto, un servicio que te trasladaría al Sakuskiya de calle Ayala, o al Peláez de Lagasca, si es que aún existieran Sakuskiya o Peláez, que no.

En los vecinos de barra confirmo mi teoría de mundos combinados, porque a mi izquierda un mequetrefe se queja del punto de amargor de su bebida y le dice a su amigo y compañero -pero para que lo oiga yo- que el mejor gintonic del mundo se sirve en la terraza del Gran Hyatt de Singapur. Pues vale. El repugnante virus del cosmopolitismo se extiende mucho vía low cost. Empiezo a escuchar por estribor y la parroquia es muy distinta, gente madura, alguno todavía fuma negro y hablan de fútbol sin afectación. Luego cambian de tercio, cuando llega el ilustre de la cuadrilla, con el pelo cano muy bien repeinado hacia atrás. En su honor comentan la otra actualidad, y el más mayor sentencia sobre el virus ébola, con autoridad de funcionario de la seguridad social. Después bajan algo la voz para hablar de la corrupción del clan Pujol, y de esa gran mafia separatista que igual desembocaba en amonal o en francos suizos. Entonces el repeinado, que ha sido comisario en Bilbao y tiene el revólver lleno de muescas, fanfarronea como saben hacerlo los tipos curtidos: guardando silencio.

El brasas del gintonic pide un pincho de foie a la plancha y yo otra caña estilo añejo. Hay una parte del verano que sólo consiste en escuchar a los de al lado y beber cerveza.

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