Daniel Capó

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"Perdida la batalla cultural, los españoles votan movidos por el bolsillo"

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Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

Esta mañana, a primera hora, me he despertado con el traqueteo insistente de unas excavadoras. No está mal para un sábado. Despedazan el suelo –ese suelo duro de Mallorca, todo roca frente al mar–, lo pican y lo rompen para edificar algún chalé. Por un momento pienso que, a pesar de los agoreros y de los obvios desequilibrios, la economía sigue rodando; al menos en aquellos lugares que, por un motivo u otro, atraen los flujos de inversión internacional. Resulta lógico que sea así: con barra libre de liquidez y tipos negativos, el dinero se desplaza rápido buscando un mínimo de rentabilidad. Las escasas alternativas parecen evidentes: renta variable, dividendos, sector inmobiliario… Piketty demuestra con datos que el patrimonio resulta decisivo en la escala social, mientras la importancia del factor trabajo se diluye. Se diría que es tiempo de salarios bajos –o al menos modestos–, que dificultan el acceso a la propiedad y muchas veces directamente lo imposibilitan. Pero aquí la construcción ha vuelto y lo ha hecho con fuerza. Esto apunta hacia un mundo cada vez más segregado.

Hablo del auge de la economía –un auge relativo, por supuesto–, porque de nuevo, en contra de los oráculos más pesimistas, no creo que el dúo Sánchez/Iglesias vaya a gobernar con los vientos adversos de un ciclo negativo. No a corto plazo, quiero decir. ¿Cómo vamos a entrar en recesión con los bancos centrales de medio mundo empeñados en sostener las finanzas y Trump encaminándose a la reelección? ¿Cómo vamos a entrar en recesión cuando China y el resto de tigres asiáticos añaden veinte millones de nuevos consumidores al año? En un movimiento hábil, Sánchez ha blindado su equipo económico con nombres de relieve europeo, figuras ortodoxas que no provocan desconfianza en los mercados. La política moderna representa una partida de ajedrez.

Sánchez e Iglesias saben que su futuro se juega en Cataluña y en la economía. Y esto tiene una lectura inmediata: los conservadores difícilmente recuperarán el poder con un país en crecimiento. Perdida la batalla cultural, los españoles votan movidos por el bolsillo. Y el tándem en el poder hará todo lo posible –esteroides incluidos– para que prosiga el ciclo positivo. Son conscientes de que su futuro depende de estas dos variables -trabajo y dinero-, unido a la creación de un marco emocional que culpabilice a la derecha de los males patrios. Con permiso de Cataluña, por supuesto. Siempre Cataluña al fondo.

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