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Bah, de democracia

Foto: Francisco Seco | AP
Ya lo había dicho Torra en donde Alsina y han repetido estos días Turull, Torrent y tantos más. El pueblo está por encima de la ley. Es algo que escandalizó a los demócratas habituales y hasta al mismísimo Rey de España pero que no logró, hasta donde tengo noticia, escandalizar a los nacionalistas catalanes. Y debería y mucho, porque es de ellos y de su catalanidad de la que se están olvidando Torra, Torrent, Turull y todos los que han ido aceptando este discurso, profunda y evidentemente antidemocrático, ni más ni menos que en nombre de la radicalidad democrática.
La radicalidad democrática es una fórmula ya vieja que ha ido tomando cuerpo y perdiendo sentido a medida que avanzaba el Procés. Se trataba al principio de disimular el nacionalismo tras la bandera de la democracia, una forma de hacer pasar el complejo histórico por superioridad moral. Usaron la radicalidad democrática para disimular su nacionalismo pero sin ese nacionalismo no hay radicalidad democrática que valga. Lo que tenía que decir Torra donde Alsina y lo tendrían que estar diciendo todos ellos, es que no se trata de que el pueblo esté por encima de la ley sino que el pueblo catalán está por encima de la ley española. Por extranjera. Porque un pueblo sólo se somete a sus propias leyes. Y porque ese es el principio de todo nacionalismo como lo es de todo Estado y de toda democracia. Pero eso, que es lo que explica y justifica el procés, es también lo que lo hace a él y a sus líderes incompatibles e irreconciliables con España, con su gobernabilidad y su subsistencia. Es lo que los hace incompatibles, también, con el proyecto republicano de corte podemita en el que tantos de ellos querrían ahora reciclarse. Quizás por eso no lo digan.
O quizás no lo digan porque si lo dijesen tendrían también que explicar muchas cosas, no sólo ante la justicia española sino ante su propia nación. Para empezar, qué han hecho con su pueblo y qué han hecho con sus leyes. La radicalidad democrática, esa democracia de raíz, de abajo a arriba, tiene la ventaja de la irresponsabilidad que el auténtico liderazgo nacional no permite. Deberían explicar por ejemplo qué han hecho con esas leyes de desconexión y qué han hecho con ese supuesto mandato popular que salió de las urnas el 1-O. A la luz de la responsabilidad que se les vendría encima, no es de extrañar que prefieran seguir hablando en nombre de una radicalidad democrática que ni es radical ni es democrática. Y que prefieran la condena de la justicia española a la del pueblo catalán.

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