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¡Ay, el baloncesto!

Me encanta el baloncesto. ¡Ay, el baloncesto! Por muchos motivos. Pero si indago hasta el final conmigo mismo, quizá el esencial es que es el deporte que me hace volver a sentirme niño, regresar al patio de frío cemento del Colegio San Patricio.

Me encanta el baloncesto. ¡Ay, el baloncesto! Por muchos motivos. Pero si indago hasta el final conmigo mismo, quizá el esencial es que es el deporte que me hace volver a sentirme niño, regresar al patio de frío cemento del Colegio San Patricio. Y porque jamás di el nivel para formar parte del equipo de verdad, y ello me sirvió de estímulo en mi vida para decirme que nunca más me cerrarían una puerta que deseaba abrir. Y porque gracias a este deporte he vivido algunas experiencias imborrables y he conocido a alguien esencial en mi vida.

El baloncesto no es un deporte para tipos altos que, además, sean fuertes. Es un deporte en el que la clave está en lo que tu seas capaz de hacer con tu estatura y tu musculatura, las que sean. Y como en todos los demás, conseguir buenos jugadores tiene cierto grado de dificultad, pero lo verdaderamente complicado es lograr que jueguen todos conformando un equipo.

En la imagen de Steve Mitchell, Paul Pierce (Nets) vuela, apoya su mano derecha sobre la cabeza de James Jones (Heats) y le arroya antes de perder el balón. Es otra de las cosas que me gustan del baloncesto, la estética de los centenares de instantes mágicos que genera, para los espectadores y para los cámaras. En este partido los Miami Heats remontaron 8 puntos en 3 minutos a los Nets de Brookklyn, ganaron y pasaron a las finales de la NBA. El pabellón repleto. Tensión, músculo, fuerza, coraje, vigor, garra, corpulencia. Sí, a raudales. Pero también talento, técnica, cerebro, cabeza, sentido táctico. Un deporte de una belleza difícilmente superable. En el que, como en los demás, el talento te posibilita ganar un partido, pero en el que los campeonatos se consiguen con equipos que hacen una piña. Y en el que, por supuesto, la psicología juega un papel esencial.

La NBA es lo máximo en espectáculo. Y en negocio. Cada partido genera beneficios impresionantes. Los pabellones son centros de ocio, pero hablamos de una industria. Se calcula que cada espectador se gasta de media en cada partido, en total, por encima de los 100 dólares. Lo cual supone que muchos gastan mucho más. Y sí, es una delicia disfrutar de este campeonato. Pero, técnicamente, me quedo con nuestro baloncesto, con el europeo. Disfruto más con el deporte que con el show business. Por eso estoy deseando que arranque hoy la Final a Cuatro de Milán, con el Madrid y el Barça como favoritos. Viva el baloncesto.

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