Laura Fàbregas

Asco en Madrid

"Una bandera de España no es ningún símbolo negativo ni excluyente, pero su lugar se halla en el mástil institucional"

Opinión

Asco en Madrid
Foto: Carola Melguizo
Laura Fàbregas

Laura Fàbregas

Vivo entre Madrid y Barcelona. En tierra de nadie. Me interesan las causas incómodas. Pero lo importante no es lo que se dice sino lo que se hace.

Este viernes me he despertado con la noticia de que una bandera de España colgaba del Ayuntamiento de Madrid. Mi primera reacción, quizás por el buen madrugar que me caracteriza, de instinto asesino, ha sido de profundo asco e indignación. No por la bandera en sí, que es la única que garantiza los derechos y libertades de muchos de mis conciudadanos en territorios hostiles, sino por este manoseo indigno que hacen los políticos de unas instituciones que nos representan a todos.

Hace tiempo que observamos cómo el gobierno de turno patrimonializa las instituciones para hacer propaganda de su causa política. Ya sea la estelada, el lazo amarillo o, por qué no decirlo, la bandera LGTBI o la pancarta de Refugees Welcome. Es cierto que no todas las causas tienen el mismo significado, y que no hay que caer en un falso relativismo que provoca que nunca nadie se comprometa políticamente. Pero, en estos casos, la experiencia nos dice que el respeto a la neutralidad institucional debe prevalecer sobre las buenas intenciones.

En sociedad plurales y abiertas siempre es mejor pecar por defecto que por exceso de simbología, ya que es muy difícil encontrar una insignia en la que todos nos identifiquemos. Porque, si no, ¿dónde se pone el límite? ¿La bandera gay sí, pero la española no? En 2015 en mi pueblo, Argentona, colgaron la bandera de Grecia, por lo del referéndum sobre las políticas de la Unión Europea. Razones para desplegar un símbolo siempre las habrá.

Joaquín Sabina cantaba que Madrid era la ciudad sin banderas. Es la ciudad donde catalanes, murcianos, gallegos o extremeños siempre nos hemos sentido como en casa. La capital era de todos porque no era de nadie. Sin apropiaciones indebidas. Es una lástima ver cómo el nacionalismo catalán logra, poco a poco, contaminarlo todo. La propuesta de Vox de colgar la bandera española no es nada más que su reacción. La otra cara de la misma moneda.

Una bandera de España no es ningún símbolo negativo ni excluyente. Pero su lugar se halla en el mástil institucional, no en la fachada del Ayuntamiento. Esta redundancia y exceso de banderas es un indicio de pestilencia. PP y Cs deberían haber creado sus anticuerpos y negarse a ello. Ahora solo cabe fiarlo todo a la sensatez de los ciudadanos y al aprendizaje de los errores, para que de la peste amarilla no pasemos a la epidemia rojigualda.

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