Beatriz Manjón

Abrazos

"Cuando los políticos no pueden ser otra cosa, se dedican a ser sensibleros, convencidos de que una emoción vale más que mil palabras"

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Abrazos
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Beatriz Manjón

Beatriz Manjón

Gallega sin escalera. Periodista. Coleccionista de rechazos editoriales. Mis mejores páginas son, ay, las que no escribo. Intento vivir a salto de cata.

El Gobierno no da su abrazo a torcer. Del achuchón inaugural hemos pasado a los abrazos de Irene Montero, que, como buena ministra de igualdad, abraza a lo Mandela, quien lo mismo estrechaba a Naomi Campbell que a Gadafi. Hubo un tiempo en que abrazos y besos se reservaban para la campaña electoral; un paréntesis de pudor que los políticos saldaban con unas terribles agujetas a cuenta de coger niños y apretujar ancianos. Ahora la campaña dura todo el año, pero con niños propios, que no está el horno para virus. La afectuosidad del político persigue edulcorar la vaguedad de sus propuestas. Lo contaba Azorín en «El chirrión de los políticos»: «El político ha de tener siempre la precaución de no remachar la promesa, de no prometer nada definido y completo […]. Y para que la vaguedad pase sin ser desagradable, se deben envolver siempre las palabras vagas en sonrisas, palmadas afectuosas, abrazos estrechos y cariñosos».

Impelida por esa máxima paulocoelhiana —si de algo saben los políticos es de autoayuda— que asegura que cada vez que se abraza a alguien se gana un día de vida, Irene Montero quiere ganar días de poder a achuchón limpio ante las cámaras —¿han dado las influencers su consentimiento explícito para esos apretones?—, no pudiendo abrazarse a ella misma como hace Pablo Iglesias: vicepresidente y opositor fundidos en una misma persona, como en aquel relato de Gómez de la Serna cuyo protagonista, al ser detenido por la policía, alegó que el hombre a quien buscaban con su nombre y señas personales se había ido a América en barco; y a la llegada del otro, al ver que era él mismo, «le abrazó y los dos quedaron convertidos en uno solo».

Los de Montero son abrazos navideños, aeroportuarios —¿estrujaría también Ábalos a Delcy?—, abrazos de oso; disculpe, ministra: de osa. Montero es ya un cuadro de Klimt y podría pensarse que abraza más de lo que trabaja; suerte que tiene a un equipo afanado en decidir el reto feminista de la jornada: elegir el sabor de una tarta o el mejor encuadre y música para la estampa maternal de la jefa. Ministerio de igualdad la land. Quién sabe si, contagiado de empalago, el PSOE mudará en BSOE, pues ya dijo Felipe González que «el socialismo es sobre todo un sentimiento».

Cuando los políticos no pueden ser otra cosa, se dedican a ser sensibleros, convencidos de que una emoción vale más que mil palabras. Lo peor no es que lo sentimental se haya impuesto a la política, sino que la política intente imponer un falso sentimiento en el ciudadano, a saber: que es víctima de cualquier cosa menos de sí mismo (de los machos, de los separatistas, de los fascistas, del Mercadona, de los tacones) y que para su catarsis necesita el irrompible abrazo mesiánico de unas siglas. Un «abrazo indisoluble» es lo que apetecía el demonio Escrutopo en las cartas a su sobrino Orugario. A veces los abrazos los carga el diablo.

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