Antonio García Maldonado

Abandonar la nostalgia

Ha vuelto a suceder. Un ultra indisimulado gana unas elecciones aupado por la ola reaccionaria que recorre gran parte de Occidente. Jair Bolsonaro será el próximo presidente de Brasil después de haber dicho, entre otras cosas, que el destino de los partidarios de su rival del Partido de los Trabajadores era irse del país, o que un policía que no mata no es un buen policía.

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Abandonar la nostalgia
Foto: Adriano Machado| Reuters
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

Ha vuelto a suceder. Un ultra indisimulado gana unas elecciones aupado por la ola reaccionaria que recorre gran parte de Occidente. Jair Bolsonaro será el próximo presidente de Brasil después de haber dicho, entre otras cosas, que el destino de los partidarios de su rival del Partido de los Trabajadores era irse del país, o que un policía que no mata no es un buen policía. La colección de declaraciones xenófobas, machistas, racistas y autoritarias ha sido tan contundente que en su discurso de victoria en Facebook Live tuvo que aclarar que el suyo sería un Gobierno «constitucional y democrático».

Brasil está ante todo un test de estrés para sus instituciones. Si la Cámara de Diputados, el Senado, el Tribunal Supremo, la prensa y la oposición política y social cumplen su función teórica, Bolsonaro no podrá cumplir su programa. Pero la institucionalidad brasileña no es la estadounidense, que sí parece capaz de limitar y soportar el vendaval trumpista, como ha demostrado la recuperación antes de ayer de la Cámara de Representantes por unos candidatos demócratas más jóvenes, diversos y a la izquierda.

Es un problema generalizado en la región: América Latina no tiene esas instituciones tan consolidadas y, por tanto, cada vez que un candidato gira levemente a la izquierda en su discurso –aun dentro del pragmatismo socialdemócrata– cunde un miedo fácilmente aprovechable por el populismo reaccionario. Y aquí Venezuela juega el papel que una parte de la izquierda occidental no puede seguir defendiendo ni ignorando. Las hipérboles arcaicas de Bolsonaro o de Uribe, con apelaciones a los rojos, a los comunistas o a la extrema izquierda son propios de la Guerra Fría en el Cono Sur en la década de 1970, y si han calado en Colombia, Brasil o Chile, es porque Venezuela, recordado como rico por generaciones no tan mayores en toda América Latina, ha vuelto a la misma retórica pero desde la izquierda antiimperialista, y ha conseguido arruinar al país con las reservas petrolíferas más grandes del mundo. El éxodo de venezolanos en los países vecinos es una realidad a prueba de desmentidos.

Y es sorprendente que aún haya amplios sectores de la izquierda defendiendo un régimen que es el principal causante de la desgracia de los venezolanos, pero también de que ningún país vecino se atreva a elegir a un candidato de centroizquierda por miedo a acabar igual que ellos. ¿Compensa más mantener, desde la seguridad europea, el sueño, el recuerdo de lo que pudo ser, que liberar de este lastre a la izquierda de una región tan desigual y necesitada de Gobiernos progresistas serios? Cabe preguntarse cuántos votos prestados de ciudadanos con miedo pero razonables tiene Bolsonaro por culpa de Maduro. O a cuántos se quedó Gustavo Petro de ganar en Colombia por culpa del Gobierno de su país vecino.

En el monólogo final de una obra de teatro que representa en Roma, uno de los protagonistas de la película de Paolo Sorrentino La gran belleza se dirige contrito y melancólico al público mientras una guitarra toca acordes tristes, y pregunta con tono de reproche: «¿Qué tenéis en contra de la nostalgia, eh? Es la única distracción posible para quien no cree en el futuro».

Y se supone que la izquierda sí cree en él.

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