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A nadie le gusta Hillary

Corre un vídeo por internet, y no me hagan buscarlo, en el que sus autores le piden a un puñado de fans de La guerra de las galaxias que describan a algunos de los personajes de la trilogía original con una sola palabra. Han Solo (contrabandista, macarra, carismático), Obi Wan Kenobi (maestro, sabio, paciente), Darth Vader (villano, cruel, poderoso). Luego, en el mismo vídeo, se le pide a esos mismos fans que describan a los personajes de la segunda trilogía. Darth Maul (ehhh…), Qui-Gon Jinn (ummm…), Padmé Amidala (bueee…). 

El vídeo sólo pretende, y logra, transmitir una idea: la de que la trilogía original funciona entre otras muchas razones porque sus personajes han sido bien definidos y se ajustan a un arquetipo mientras que la segunda trilogía carece del encanto de la primera porque sus personajes son sólo cascaras vacías e impersonales.

Y ahora hagan la prueba con Donald Trump y Hillary Clinton.

Ahí tienen el motivo de que Hillary no le lleve 20 puntos de ventaja en las encuestas al candidato más delirante de la historia del Partido Republicano.

Independientemente de las simpatías que sintamos por uno u otro candidato, parece obvio que Trump se ha convertido en un arquetipo (el hortera bocazas que alardea sin complejos de racismo, incultura y simplismo intelectual) mientras que para categorizar a Hillary hay que recurrir a conceptos mucho más subjetivos y vaporosos. En este artículo de la página BoingBoing lo explican con meridiana claridad: Hillary nos resulta desagradable porque no existen arquetipos femeninos (históricos o de ficción) con los que compararla.

Hagan otra prueba. Piensen en un personaje de película que se “parezca” a Trump. Encontrarán docenas. Prueben ahora con Clinton. No encontrarán ninguno. Quizá Emma Thompson en Primary Colors. Pero es que en Primary Colors, el personaje de Emma Thompson “es” Hillary Clinton.

En realidad, el rechazo a Hillary se basa en dos motivos muy diferentes. El primero de ellos es su supuesta sumisión al establishment político y empresarial de Washington. No parece un defecto peculiar o jamás antes oído sino más bien un reproche habitual de los ciudadanos estadounidenses a una inmensa mayoría de sus políticos, ya sean demócratas o republicanos. El segundo motivo es aún más vaporoso: Hillary “no gusta”. Y en ese “no gusta” caben su tono de voz, su artificiosidad, su rigidez, su falta de naturalidad… Es decir su escaso carisma. Pero tampoco eran carismáticos Kerry, Biden o Gore.

Al contrario de lo que puede leerse en muchos medios americanos, el problema no es el machismo (intuyo que si la candidata fuera Michelle Obama esta sí llevaría 20 puntos de ventaja a Trump). El problema es la falta de costumbre.

Paradójicamente, el hecho de tratarse de la primera mujer candidata a la presidencia de los EE. UU. puede jugar en contra de Hillary. Porque de desastres de sexo masculino ya hemos tenido unos cuantos y la diferencia entre estos y Trump es sólo de grado. Pero ella es la pionera de las mujeres desagradables. Y por eso Hillary será presidenta con uno de los menores índices de aprobación entre sus propios votantes de la historia de su país.

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