Gregorio Luri

A las puertas del trans-yo

No creo que podamos decir algo sensato sobre los progresos de la ciencia y la tecnología que no lo hayan dicho nuestros abuelos. Nacieron cuando no había luz eléctrica y fueron contemporáneos de la bomba atómica, de la llegada del hombre a la luna, del papel higiénico y del café descafeinado. Lo esencial sobre esta grave cuestión lo aprendieron en el diálogo de Don Hilarión y don Sebastián en La Verbena de la Paloma: que “hoy las ciencias adelantan / que es una barbaridad”. Si el aceite de ricino ya no es malo de tomar, la limonada purgante no es chicha ni limoná y hasta el agua de Loeches ha perdido sus virtudes, es que, efectivamente, el avance de las ciencias “es una barbaridad”, “es una brutalidad” y “es una bestialidad”. Don Hilarión y don Sebastián constatan en 1894, es decir, un cuarto de siglo antes de El hombre sin atributos, que el sentido de la posibilidad nos empuja en dirección contraria a la del sentido de realidad y que el primero lo hace con más brío porque cuenta con el apoyo de la ciencia y la tecnología. Tanto es así que para nosotros lo posible de ha convertido en rutina.

Opinión

A las puertas del trans-yo
Gregorio Luri

Gregorio Luri

Cuantos más años tengo, más resumo mi tarjeta de visitas. He elegido mi epitafio: “No se fue de ningún sitio sin pagar".

No creo que podamos decir algo sensato sobre los progresos de la ciencia y la tecnología que no lo hayan dicho nuestros abuelos. Nacieron cuando no había luz eléctrica y fueron contemporáneos de la bomba atómica, de la llegada del hombre a la luna, del papel higiénico y del café descafeinado. Lo esencial sobre esta grave cuestión lo aprendieron en el diálogo de Don Hilarión y don Sebastián en La Verbena de la Paloma: que “hoy las ciencias adelantan / que es una barbaridad”. Si el aceite de ricino ya no es malo de tomar, la limonada purgante no es chicha ni limoná y hasta el agua de Loeches ha perdido sus virtudes, es que, efectivamente, el avance de las ciencias “es una barbaridad”, “es una brutalidad” y “es una bestialidad”. Don Hilarión y don Sebastián constatan en 1894, es decir, un cuarto de siglo antes de El hombre sin atributos, que el sentido de la posibilidad nos empuja en dirección contraria a la del sentido de realidad y que el primero lo hace con más brío porque cuenta con el apoyo de la ciencia y la tecnología. Tanto es así que para nosotros lo posible de ha convertido en rutina.

¿Quién duda de que, efectivamente, el doctor Ren Xiaoping conseguirá trasplantar una cabeza con éxito? “Si no es él, será otro”, pensamos, y nos encogemos de hombros ante la trivialidad de lo posible.

Algunos quisquillosos aducen no sé qué problemas morales, sin darse cuenta de que la moralidad es el intento de imponerle un deber ser a la increíble realidad menguante.

¿Por qué yo soy yo mismo y no otro?”, se preguntaba Maine de Biran. Hoy sabemos la respuesta: “Porque no eres suficientemente moderno”.

“¿Qué ocurriría si la memoria de un príncipe fuera trasladada al cuerpo de un zapatero?”, se interrogaba Locke. “Espera y lo verás”, le respondemos nosotros.

No hace tanto tiempo que creíamos que Derek Parfit estaba haciendo ciencia-ficción cuando se imaginaba la posibilidad de realizar una copia exacta del contenido del cerebro de alguien y teletransportarla a una réplica exacta de su cuerpo. ¿Qué pasaría si el cerebro y el cuerpo receptores fueran inmediatamente destruidos? ¿Habría sobrevivido el original a su réplica o habría muerto? ¿Y si el donante falleciera en un accidente, habría muerto o no en su réplica?”

Lo dicho: todo parece posible porque ya no sabemos dónde para lo real.

“Yo soy aquel”, cantaba Rafael. Y no quisimos enterarnos de que estábamos escuchando a un profeta.

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