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A imitación de la realidad

El 22 de julio de 1934, John Dillinger fue tiroteado por agentes del FBI en las inmediaciones del cine Biograph de Lincoln Park (Illinois). Salía de ver una de gánsteres: El enemigo público número uno. En aquellos años paupérrimos, en plena Gran Depresión, el gánster todavía gozaba de un aura justiciera, romántica, atractiva y fatal. El cuerpo agujereado de Dillinger, junto a la aplicación del censor Código Hays, acabaron con la mitología cinematográfica del fuera de la ley con causa. El forajido bondadoso.

En los cuarenta, tal y como expone el historiador Paul Fussell en su impecable ensayo Tiempo de guerra: conciencia y engaño en la II Guerra Mundial, Hollywood contribuyó a la propaganda bélica mimando a personajes cínicos y libérrimos que acaban tomando partido por las causas nobles y el responsable cumplimiento de la ley. Bogart los encarnó como nadie: el Philip Marlowe del Sueño eterno, el Sam Spade de El Halcón Maltés y, sobre todo, el inexorable Rick Blaine de Casablanca, que nos acompañará, entre melancólicas brumas de un aeropuerto de los estudios Warner y el presentimiento de una amistad auténtica, hasta la última sesión.

Renació el outlaw a finales de los sesenta. La recuperación exacerbada del bandido en los tumultuosos años de la contracultura. En 1972 se estrena El Padrino. Coppola odiaba a la mafia y le repateaba cualquier forma de violencia. De hecho, la película va de otra cosa. Va de él mismo. Sin embargo, a los mafiosos les encanta. Creen que les dignifica, y tal vez lleven parte de razón. Desde entonces, los chabacanos matarifes empiezan a susurrar jeroglíficas sentencias dignas de Confucio o del Arte de la guerra.

Ya en los ochenta, Brian de Palma se atreve con una revisitación de Scarface de Howard Hawks. El precio del poder es una ensalada crispada e indigerible de tiroteo y un Everest de farlopa. Con un Pacino histriónico e irreconocible. Anuncia, eso sí, la moda del gánster pijoaparte que por un momento acaricia la cima del mundo. A los chavales sin futuro esa peli les encanta. La convierten en motivo de vida. En justificación de muerte. La propia y la ajena.

Ostentación hortera y violencia demencial. Más allá del alambre, los narcotraficantes han construido su propia mitología del crimen. Carne de Narcocorridos y crónicas sangrientas. Personajes temidísimos. Exhibición gore. Nadie como Don Winslow ha plasmado desde la ficción literaria ese aquelarre inmundo. El poder del perro y El cártel. Un díptico maestro.

Como Dillinger, el Chapo Guzmán también fue víctima de la idolatría cinematográfica. Le pudo la vanidad. En su caso, cayó antes de verse reflejado en una pantalla de cine. Fue el interesante actor y pesadísimo progre Sean Penn quien se ocupó de tirarle el anzuelo.

Pese a todo, el Chapo, como antes Escobar o cualquier ególatra asesino, espera sinceramente que el cine acabe presentándolo para la historia mixtificada como un hombre de piadoso corazón y obras nobles. De momento, la serie Narcos demuestra que para Escobar no será así. Veremos qué pasará con el Chapo. Pero me inclino a pensar que no correrá mejor suerte. Al fin y al cabo, la mejor ficción no hace más que imitar la realidad.

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