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28A: ¿Condenados a la tribu?, por David Mejía

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28A: ¿Condenados a la tribu?

Antes de votar, reflexionen; pueden hacerlo: por mucho que diga la neurociencia, no estamos condenados a la tribu

Considero que a estas alturas no es necesario que nos lo repitan más, ya nos hemos enterado: los seres humanos somos irracionales; no pensamos ni decidimos libremente. Ya hemos entendido que, por muy estupendos que nos pongamos, no somos individuos ilustrados, sino rebaños, piaras, tropeles; en definitiva: animales interesados en reforzar las creencias de nuestro grupo, y con ello nuestra integración en él. Les prometemos que lo hemos entendido, no hace falta un artículo más que nos lo recuerde. ¡Pero cuándo comenzó esta obsesión por las neurociencias y psicología cognitiva! Se lo pueden imaginar: tras el doble tortazo que supusieron el triunfo del leave en el referéndum del Brexit y la victoria de Donald Trump en las presidenciales de 2016.

Aquel aciago noviembre, los demócratas del mundo, al borde del síncope colectivo, necesitábamos comprender cómo tamaño número de ciudadanos había sucumbido a las mentiras y la demagogia xenófoba de las respectivas campañas. Queríamos entender ese tribalismo, esa irracionalidad, la testaruda impermeabilidad a los hechos y los datos. En otras palabras, los biempensantes, en shock, ansiábamos que alguien nos explicara cómo la gente podía ser tan tonta. Exigíamos respuestas y los medios anduvieron raudos a encontrarlas. Y así fue cómo el otoño de la democracia devino en la primavera de la neurociencia. Desde entonces, no hay semana en que algún medio no publique un artículo con la sugestiva tabarra. Tienen todo mi respeto, convengamos que el ser humano no es «racional», sino que crea tramas racionales para defender con mayor solvencia sus creencias o intereses. La racionalidad existe para dar forma al tribalismo. Por decirlo claro: la biología –y el razonamiento forma parte de ella- no lucha por la verdad, sino por la supervivencia y la preponderancia; la razón no es la llave que abre la jaula, sino la jaula misma. ¡Es magnífico! Pero ahora que eso ha quedado tan claro, y que hay varias citas electorales a la vuelta de la esquina, ¿podemos hacer el esfuerzo de pensar un poco más allá?

Aunque la correlación entre el auge de los populismos y el interés por la neurociencia sea comprensible, tanta insistencia en la irracionalidad humana hace olvidar algo igual de importante: la capacidad que ha demostrado el ser humano a lo largo de la historia para sobreponerse a sus sesgos cognitivos y desafiar su tribalismo natural. Si la dificultad de razonar limpiamente es un rasgo biológico, entonces hemos de tomarlo como una premisa argumental, en ningún caso como una clausura. Es importante que una vez asumidas nuestras deficiencias cognitivas convengamos en cómo combatirlas, individual e institucionalmente, y  reacciones contra quienes, en lugar de alentar la reflexión y la búsqueda de la verdad, se aprovechan de ellas. De nosotros depende hacer sonar la campana de Kahnemann.

No debemos rendirnos a las debilidades cognitivas, sino insistir en que con estos mismos mimbres se forjó la Unión Europea y se redactó la Declaración Universal de Derechos Humanos, o que personas como Adenauer o Luther King tampoco estaban libres de sesgos, pero los trascendieron. Dedicar tanta atención a la dimensión irracional del ser humano es un síntoma del problema: pierde fuelle la democracia liberal y pierde interés la capacidad racional del ser humano. Y con esta proliferación de artículos que arremeten contra la naturaleza humana, no hacemos sino eximir de responsabilidad a los votantes, cuando lo destacable de la mente humana es que sí es capaz de sobreponerse a sus condicionantes biológicos. Los sesgos cognitivos son vicios que se pueden cauterizar. Si repetimos que la verdad es inalcanzable nos arriesgamos a que se pierda interés en la verdad.

Para superar la tendencias tribales innatas, quizá lo primero que debamos hacer es descartar a aquellos líderes políticos posan como guardianes de alguna esencia, que llaman al repliegue tribal o auguran temibles distopías si son derrotados. Quizá debamos continuar reflexionando sobre si nuestro diseño institucional invita al tribalismo o si, como la Unión Europea, lo dificulta; doblegar las pulsiones humanas depende en gran medida de que, como sociedad, nos dotemos de los cortafuegos necesarios.

Mañana estamos convocados a una importante cita electoral. Antes de votar, reflexionen; pueden hacerlo: por mucho que diga la neurociencia, no estamos condenados a la tribu. 

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