David Mejía

2018: el año de la verdad

Termina 2017, y con él el primer año de Trump y el último del procés; se cierra el año de las fake news o, si prefieren, de las mentiras descaradas.

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2018: el año de la verdad
David Mejía

David Mejía

Licenciado en Filosofía y Teoría de la Literatura. Ahora en Columbia University. Hace radio en WCKR FM 89.9 FM, New York.

Termina 2017, y con él el primer año de Trump y el último del procés; se cierra el año de las fake news o, si prefieren, de las mentiras descaradas. No cabe duda de que el procés ha participado con entusiasmo de esa desafortunada moda llamada «posverdad». Cabe desear que dentro de poco, al mirar atrás, lo contemplemos con esa mezcla de incredulidad y vergüenza ajena con que se contemplan los rocambolescos estilismos de las modas superadas.

La mentira ha sido el eje vertebrador del procés. Desde sus inicios pudimos contemplar cómo, discurso a discurso, una realidad paralela iba lentamente eslabonándose, perdiendo autenticidad a cada paso, y envileciendo más y más la convivencia. Pero la mentira, como todos los vicios, tiene sus embriagueces. La culminación de esta escalada tuvo lugar en la manifestación posterior al atentado del 17 de agosto. En plena carrera hacia la «desconexión», el nacionalismo no vaciló en culpar de la tragedia al gobierno de España y al jefe del Estado. Ahí supimos que las riendas de la moral no frenarían la fiebre del engaño nacionalista, la mentira arrasaría con lo que se pusiera por delante; ni el acontecimiento más doloroso se libró de ser manipulado para abonar el discurso nacionalista y denigrar la imagen de España. Evidentemente, el engañado tiene su cuota de responsabilidad, pero no podemos normalizar que los políticos traicionen su responsabilidad social, pues de su aliento se nutre la atmósfera moral que respiramos.

Vuelve a resonar en la memoria aquel famoso pasaje de Los orígenes del totalitarismo, donde Hannah Arendt apunta que el sujeto ideal del gobierno totalitario no son el nazi o el comunista convencidos, sino las personas para quienes ha dejado de existir la distinción entre realidad y ficción. En efecto, la mentira es la savia del totalitarismo. La mentira es el ácido que erosiona los cimientos de la democracia y el  monóxido que envenena la convivencia entre ciudadanos.

Quizá lo más alarmante de la mentira es su sencillez: es descorazonador observar que la paz social depende de la voluntad caprichosa de quien, un buen día, decide romper la baraja de la concordia excretando una batería de falsedades. Nuestra sana convivencia depende mucho de la voluntad de los políticos de no-mentir; la mentira es el botón nuclear que todos los políticos tienen a mano. Entre la verdad y los embustes más tóxicos, sólo está el recato personal del emisor.

Nunca en la historia de nuestra joven democracia había alcanzado la falsedad este grado de aceptación y envilecimiento. No es coincidencia que la peor crisis de la democracia coincida con la  peor crisis de la verdad. En los últimos seis meses hemos oído hablar de presos políticos, de amenazas de violencia extrema, de expolios y botines de guerra, y de riesgo de fraude electoral. Quien esté familiarizado con el teorema de Thomas sabe que las falsas creencias tienen consecuencias reales, y en nuestro caso sólo pueden ser desastrosas.

Ahora que dicen que hay que mirar hacia adelante, ahora que comienza un nuevo año y se formará un nuevo gobierno en Cataluña, es el momento de conjurarse contra la mentira, de secar la savia del totalitarismo y asumir que una sociedad libre y democrática no puede coexistir con este aquelarre del embuste que ha sido 2017. Deseemos que 2018, además de próspero, venga sincero. Brindemos porque 2018 sea el año de la verdad.

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