José Carlos Llop

Cocodrilos del Nilo

Los zoos privados suelen estar unidos al misterio. Fortunas ilegítimas, dictadores exiliados, caprichos suntuosos e identificación con la fuerza salvaje por parte de sus propietarios. Una mezcla de Arkadin, Gatsby o Kane, sin refinar ni olvidar su origen: reyes mesopotámicos, faraones egipcios y emperadores romanos. Pero tampoco su prolongación en el tiempo, tan bien retratada en las páginas iniciales de la novela de Juan Gabriel Vásquez, El ruido de las cosas al caer, por donde campea un hipopótamo escapado del zoo de Pablo Escobar.

Salvo Lola Flores, en España no descendemos de faraones con sus guepardos, ni de reyes de Babilonia con leones alados, pero pasan cosas muy raras, más raras aún desde que se sacó a Franco de su tumba como quien va de picnic y se lleva unos fósiles a casa. No enumeraré y me quedo con el cocodrilo del Nilo sumergido en aguas del Pisuerga. Si en las cloacas de Nueva York hay caimanes albinos, ¿ha de extrañarnos que entre Palencia y Valladolid habite un cocodrilo descomunal?

José María Albert de Paco

En el nombre del Bola

Cuando Pablo Iglesias le soltó a Iván Espinosa que lo que de verdad pretendía Vox era dar un golpe de estado, sabía perfectamente de lo que hablaba. Él mismo se ha desdoblado en un sinnúmero de ocasiones para, en el patético intento de venderse como estadista (título que en España se abarata por momentos; véase el caso de Albert Rivera, que fue investido como tal por su afición y hoy pretende ejercer de ex presidente sin haber consumado el acto, jarrón de los chinos); en el empeño, en suma, de proyectar de sí una imagen de político aplomado, fiable, posibilista, etc., acabar desvelando su agenda oculta

El día 19 de marzo defendió las caceroladas contra el Rey que habían convocado las extensiones neuronales de su propio partido (esa trama asociativa “por la salvaguarda de lo público” a la que nuestro primer tautólogo llama lagente) puntualizando que, si bien su opinión sobre la monarquía era de sobra conocida, él estaba allí como vicepresidente del Gobierno. Como si debiéramos agradecerle que se abstuviera de quemar y pisotear la efigie de Felipe VI, cual es costumbre en Cataluña para conmemorar las derrotas, sin que importe cuál. Ahora, en otro de sus alardes de bifidismo (“hombre blanco hablar con lengua de serpiente”, cantaba su idolatrado Javier Krahe), ha declarado que como secretario general de Unidas Podemos está a favor de desmilitarizar la Guardia Civil pero como vicepresidente segundo no se puede pronunciar. Donde desmilitarizar, no vayamos a confundirnos a estas alturas, es un eufemismo de desmantelar.

Ricardo Dudda

Echenique y Escrivá

La aprobación en el Congreso del Ingreso Mínimo Vital, sin ningún voto en contra y con la abstención de Vox, es un logro casi impensable hace apenas unos meses. Es también impensable hoy. La polarización ha crecido con la pandemia. El PP ha exigido matices y ha señalado que “la renta básica para proteger a los más vulnerables es un invento del PP”. El debate ha sido agrio y polarizado. Pero la mayor parte de los partidos ha votado a favor.

El verdadero logro es de José Luis Escrivá, el ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, que desde el principio fue consciente de la necesidad de que la medida aguantara, que no fuera exclusivamente una medida de propaganda y una carta de presentación del Gobierno, acostumbrado a chapuzas jurídicas. La medida es barata (3.000 millones de euros al año) y mucho más efectiva para reducir la pobreza que una subida del salario mínimo (una medida que a menudo es más simbólica que práctica). Sin el trabajo de Escrivá, los más fundamentalistas se habrían apropiado de la medida y por lo tanto la habrían vuelto impracticable.

María Jesús Espinosa de los Monteros

La Sardà

No es fácil que un artículo determinado femenino seguido de un apellido connote tanta personalidad, tanta presencia. Acaba de fallecer la actriz Rosa María Sardà después de años de padecer un cáncer que le había hecho taparse los ojos con gafas de sol. Ella, que siempre había lucido un azul cristalino en un rostro que podía parecer duro, ácido. Igual de feroz fue su claridad cuando supo que padecía la enfermedad. A Jordi Évole le dijo: “No lucho contra nada, no se lucha contra el cáncer, es invencible. Es una cuestión de que los que se ocupan de ti tengan más o menos tino al programar unas ciertas medicaciones. No se trata de una lucha porque el cáncer siempre gana«.