Diego Urteaga

Ensayo sobre la pandemia

«El libro como compañía en nuestro proceso de reconstrucción. Nuestra forma de anclaje a la razón, a lo humano»

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Ensayo sobre la pandemia

«Un viejo con una venda negra en un ojo vino del cercado […] Durante una hora esperó. Ahora anda en busca de abrigo. Despacio, con los brazos extendidos, busca el camino. Encontró la puerta de la primera sala del ala derecha, oyó voces que venían de dentro, entonces preguntó, ¿hay aquí una cama para mí?». Esta pregunta, aunque expresada hacia dentro por el miedo a suponer una carga, ha resonado en las cabezas de muchos de nuestros mayores. Parte de ellos quizás no sepan que José Saramago ya transcribió, hace veinticinco años, esa sensación de incertidumbre y desamparo que han estado viviendo los ancianos. Le bastó con sólo seis palabras y dos signos de interrogación. El escritor portugués se abstuvo de poner nombre a sus protagonistas en Ensayo sobre la ceguera. Entendía que el anonimato es la consecuencia inmediata de las tragedias. Los bailes de cifras, las estadísticas, los porcentajes, las gráficas. El distanciamiento de la muerte, en definitiva. Saramago describe en la novela comportamientos e instintos que animalizan al ser humano. Evita por tanto otorgar un nombre a sus personajes para no humanizar animales. El anonimato facilita en cualquier caso la empatía con esas personas sin rasgos, sin nombre, y en ocasiones, sin humanidad. Podríamos ser cualquiera.

Pocos podían aventurar que una novela que vio la luz en 1995 tuviera este carácter premonitorio. Polideportivos, viejas fábricas y edificios abandonados que adquieren nuevo uso, una nueva vida pese a que ésta en ocasiones no llegue a ser digna. Comida que no se entrega con regularidad, ni en las cantidades necesarias, ni con la calidad suficiente. El desabastecimiento. Reclusión, confinamiento. Estrategias erráticas y cambiantes del gobierno. Cosas que no se podían saber, pero que Saramago ya supo hace casi treinta años mientras narraba la propagación de lo que llamó el mal blanco. Hasta los funerales, por inexistentes, se parecen. Muertos sin velar, sin compañía más allá de la que supone el acto grupal de llevar a cabo la sepultura. Sin palabras de despedida.

«Va a haber lucha, guerra. Los ciegos están siempre en guerra, siempre lo han estado». Saramago condensa en estas palabras lo que busca transmitir con las vivencias en ese manicomio en el que se ven confinados los enfermos: hostilidad. La hostilidad de un entorno que la ceguera hace doblemente desconocido, y que el egoísmo y la naturaleza humana llevada al límite vuelven, además, mortal. Una pugna exterior, contra los demás, e interior, contra uno mismo. Contra su mal, contra sus miedos, contra su vergüenza, su desnudez y vulnerabilidad. Entristecen los parecidos con esas residencias de ancianos bunkerizadas, de cuyo interior nos llegan también las más ignominiosas situaciones. La desescalada. El desconfinamiento. También Saramago nos presenta ese mundo que nos espera cuando salgamos. A los que salgamos. Quizás nuestro mundo no albergue la podredumbre del que describe el escritor portugués, pero compartirán ambos la incertidumbre. La necesidad de adaptarse. Renovarse o morir. O lo que es peor, renovarse y aun así, morir. «Cuando la desgracia es común a todos, siempre hay unos que lo pasan peor».

A toda tragedia, como la que vivimos, se la debe vencer dos veces. Aunque no consigo discernir cuál lleva a cuál. La victoria colectiva, como sociedad, y la personal, como individuo. Y entre las herramientas a nuestro alcance para lograr la segunda, no debe faltar el libro. Es algo que salta a la vista, pese a la ceguera, con esta novela. El libro como compañía en nuestro proceso de reconstrucción. Nuestra forma de anclaje a la razón, a lo humano. Al fin y al cabo, también estuvimos ciegos frente a esta pandemia. A la ceguera temporal de Saramago no pudo seguirle otra cosa que la lucidez. Los ex ciegos salieron a la calle a gritar ¡veo! Y es que todo está ya escrito, hasta esta vívida y tangible distopía. Sólo cambian los matices, los detalles, la forma. Nosotros no podemos, como ellos, salir del todo aún, pero quizás debamos empezar a gritar ¡leo! Sería una lúcida y humana forma de continuar este particular ensayo sobre la pandemia.

Diego Urteaga

Diego Urteaga

Politólogo internacionalista a caballo entre Madrid y París. Analista de geopolítica. Pero sobre todo, lector.

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